por Marisol Amieva

La educación de calidad es un pendiente en México. Es un tema complejo que requiere de continuidad en las políticas públicas iniciadas; no obstante, el tiempo va en contra y las dificultades se diversifican, por lo que lo peor que se puede hacer es creer que la mejora llegará por inercia, nada más alejado de la realidad.

Lo primero que se debe tener en cuenta es que existen dos grandes modelos educativos: el conductismo y el constructivismo. El primero lo tenemos muy presente es el que la mayoría tuvimos, se trata un esquema rígido basado en la disciplina, el docente asume el papel central y todo gira en torno a la enseñanza.

En el constructivismo, la labor del educador es convertirse en un facilitador del conocimiento. Se trata de convertir el aula en un espacio lúdico y flexible, ahora el centro es el estudiante y por tanto el aprendizaje; así, no importa tanto lo que sepa el docente sino lo que sucede y se genera del otro lado.

Los dos modelos funcionan China y Finlandia dan cuenta de ello. El punto es distinguir entre estos dos y precisar nuestra ruta, hasta ahora se ha preferido el constructivismo lo que requiere de acciones congruentes que arropen la labor escolar incluida la participación de los padres de familia. Para esto tenemos que considerar dos referencias. La Nueva Escuela Mexicana y Estrategia Nacional de Educación Inclusiva con las cuales podremos abordar una serie de tareas indispensables: ¿qué significa la educación pública?, ¿cómo se aplica en un aula? y ¿para qué se hace?

Sin esas definiciones no tendremos la educación que deseamos. Los que hemos participado en el área sabemos que ante una directiva indefinida cada espacio educativo se acomoda al caos, el salón de clase no es la excepción. Muchas veces el profesor se podrá sentir solo ante la falta de congruencia de medidas o instrucciones superiores, pero lo mismo valora un directivo cuando los docentes no comparten una perspectiva. La labor es compleja porque requiere de definiciones y la evaluación constante de su aplicación.

¿Cómo se enseña? Es la gran pregunta, que llega a la más importante ¿cómo se aprende?, estas preguntas implican la plena conciencia en el espacio educativo de que no todos aprendemos igual; no obstante, deben existir referentes generales de evidencia de aprendizaje que le den objetividad a los procesos.

¿Para qué se aprende? Lo primero que viene a la mente es para aprobar materias, que implican lo propio en grados escolares hasta llegar a un certificado, título o diploma; lo cierto, es que la educación debe servir para que la persona sea autónoma, valore su papel social y se transforme en un agente de cambio en el que valore la libertad y la visión crítica; sí, una educación humanista. Hermoso destino que no llega por inercia requiere de trabajo serio y congruente.  En todo este universo hay un gran actor frecuentemente marginado: los padres de familia. Su papel es central, sin este eslabón nada funciona, quién podría imaginar la educación en Corea del Sur, sin el estímulo de los progenitores. Las actividades van desde la comunicación constante con el personal escolar, seguimiento de las tareas extra aula, búsqueda de apoyos externos, pero sobre todo el acompañamiento personal con los hijos. Idealmente los familiares deben compartir la visión educativa que se está desarrollando desde la escuela.

La educación debe ser vista como el gran capital de una sociedad que aspira a su desarrollo, pero también es un camino a la justicia social y a la libertad del ser humano que le permite ser consciente de su papel social, lo que lo lleva a darle sentido a su existencia. La tarea está planteada, no podemos ignorarla o simular, los resultados siendo diversos deben ser objetivos. El reto está frente a nosotros.

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