por Saúl Escobar Una marcha nutrida y pacífica que transitó por el Paseo de la Reforma hasta llegar al zócalocapitalino culminó con una violenta acometida por grupos anónimos contra la policía de laCiudad que duró varias horas. Como ha sido documentado por diversos medios decomunicación, así como por testimonios y videos que han circulado en las redes sociales, nohay duda de que la agresión fue desatada por esas personas, la mayoría encapuchas o concascos. Aun más, es evidente que los agresores iban bien preparados para el cometer elasalto. Se trató, por lo tanto, de un “movimiento contra la autoridad constituida”, un motín,que buscaba dejar patente su inconformidad mediante la gresca. Es crucial dilucidar cómose desató la violencia pues ello explica los orígenes de la manifestación, los acontecimientosdel sábado y sus secuelas. A pesar de las evidencias, ahora los simpatizantes de esamovilización alegan que la agresión fue iniciada por los uniformados, lo que revelaría elcarácter represivo del gobierno de México. En realidad, este argumento busca justificar laprovocación y dar nuevos argumentos para continuar las movilizaciones. La disputa por la narrativa seguirá durante un tiempo; no obstante, resulta interesanteentender los objetivos que intentaron alcanzar ese día. De acuerdo con declaraciones dealgunos asistentes, lo que se propusieron era “entrar a Palacio Nacional” (o por lo menos ala Suprema Corte y al edificio del gobierno de la Ciudad). Algunos más, simplementebuscaron agredir a la policía. Todos, con el propósito fue debilitar al gobierno. En parte lolograron: los niveles de violencia fueron muy aparatosos. Por otro lado, también destaca que las razones que movieron a los manifestantes fueronvarias, pero no claramente expresadas. En esto se diferenciaron de muchas marchas, condiversos signos político e ideológicos que han llegado al Zócalo. Desde luego pusieron elacento en la inseguridad, sin embargo añadieron consignas que desdibujaron ese propósito.Muchos participantes afirmaron simplemente “fuera Morena” y que “todo estaba mal”.Asimismo, dijeron simpatizar con estrategias como las de Trump y Bukele. Y, para colmo, noescatimaron consignas hirientes y misóginas contra la presidenta. Importa esto porque setrata entonces de un movimiento iracundo que carece de un programa o un conjunto dedemandas que puedan ser atendidas en un diálogo con la autoridad. Esa posibilidad, por lopronto, no existe con estos inconformes. Finalmente, y quizás más importante, los agresores recibieron un apoyo constante de losasistentes a la marcha, algunos de los cuales los azuzaban para seguir agrediendo a la policía.Aunque hubo otros que llamaron a la calma y al cese de hostilidades, se impuso la voluntadde prolongar la refriega. Algunos simpatizantes de la marcha relataron que hubo señorasque “dieron su bendición” a los agresores. Los uniformados tuvieron que enfrentar, en estascondiciones, no sólo a pequeños grupos sino a una muchedumbre. Varias horas duró elcombate, lo cual llevó a excesos policiacos que deben ser investigados y castigados, así comoa revisar los sistemas de inteligencia, capacitación y preparación de los elementos. Lo anterior no debe llevarnos a subestimar la importancia de la protesta del sábado 15. Noayuda mucho discutir si esa marcha y el tumulto posterior refleja el sentir de la juventudmexicana. Tampoco si fue alentada, preparada y financiada por empresarios, políticos,ideólogos de derecha y ultraderecha, y bots pagados con millones de pesos. Importa másreconocer que fue una manifestación numerosa, con mucha rabia, y convencida de que estaadministración, electa en 2024, debe ser destituida ya que no puede ofrecer soluciones alos problemas del país y, al contrario, es cómplice del crimen organizado. Si muchos de los marchistas consideran que no hay posibilidad de entendimiento, la únicasalida es la revocación de mandato. Esta posibilidad, por la vía electoral, está cerrada hastael 2027 o 2028, así que sólo la manifestación callejera puede hacerlo posible. Comoafirmaron el día después, algunos participantes, “la inconformidad de una sociedad queestuvo muy cerca de llegar a Palacio Nacional, lo volverá a intentar”. Frente a esta postura, el gobierno no puede simplemente descalificar los acontecimientos.La inconformidad, en buena medida de orientación ultraderechista, debe ser respondidacon eficacia y contundencia para lograr una mayor seguridad de los ciudadanos. No deja deser paradójico que este gobierno, el de Sheinbaum, más decidido que su antecesor a dar lalucha frontal contra el crimen organizado, sea acusado de estar aliado con las bandas delnarcotráfico. Y es que, precisamente, el que se haya mostrado la penetración del crimen organizado endiversas instituciones del Estado mexicano ha aumentado la cólera en lugar de disminuirla.Porque fue esta administración la que sacó a la luz la complicidad de elementos de la Marinaen el llamado huachicol fiscal y la verdadera identidad delictiva del secretario de seguridaddel gobierno de Tabasco. A esto hay que agregar, por supuesto, el crimen del alcalde deUruapan y las disputas al interior de Morena que llevaron a Manzo a la oposición. Algunos comentaristas que, por cierto, no son simpatizantes de la Cuarta Transformacióncomo Ricardo Raphael han especulado que “el contingente de personas armadas” queactuaron el sábado podrían ser “sujetos bajo las órdenes de los carteles criminales queoperan en la Ciudad de México”.Hasta ahora no hay pruebas de esos dichos. En cualquier caso, el gobierno no puede ceder,y está obligado a sanear las instituciones de la república y perseguir la corrupción,fundamentalmente aquella que ha permitido la penetración del crimen organizado. No hasido suficiente perseguir y encarcelar a las bandas. Romper los vínculos entre funcionariosy delincuentes es quizás el paso más difícil pero indispensable no sólo para los interesespolíticos de la 4T; también para el mantenimiento del estado de derecho. En otros países hemos visto rebeliones contra gobiernos electos legítimamente. En algunoscasos han tenido éxito y los funcionarios, incluyendo presidentes, han tenido que irse. Asísucedió, por ejemplo, Argentina en el 2001 o Chile en el 2019. Se trató de movimientossociales que hicieron uso de la manifestación callejera e incluso de la violencia; sin embargo,habían levantado un conjunto de demandas claramente reconocidas. Un caso muy distintofue el de los simpatizantes de Bolsonaro en Brasil, los cuales trataron de impedir la transiciónde gobierno: fracasaron y fueron castigados posteriormente. En México, estamos presenciando manifestaciones de inconformidad diversas, con pliegospetitorios como los maestros de la CNTE o de las organizaciones campesinas. Losmanifestantes del sábado, en su gran mayoría, no tienen inspiración social. Lo que losdistingue es su rabia, su oposición, sin concesiones, al gobierno actual. Y, en el futuro, si nohay respuestas convincentes a ese clamor, las movilizaciones pueden resurgir con másfuerza e incluso traducirse en votos contra Morena y sus aliados. Los éxitos de la ultraderecha en América Latina no han sido producto solamente de lamanipulación. Han respondido a serios errores de la izquierda gobernante y a su incapacidadde entender el malestar de la sociedad. Muchas de las personas que se manifestaron elsábado, lo hicieron, en efecto, con la idea de que se requiere un gobierno de mano dura.Hay que construir, por lo tanto, una nueva mayoría que no se reduzca a los aparatosburocráticos de la Cuatro T y que incluya a muchos contingentes que buscan latransformación pero que no quieren ser sometidos políticamente.El reto del gobierno de la presidenta Sheinbaum puede formularse de esta manera: máscontundencia para acabar con la corrupción, y más apertura al pensamiento y a los actoressociales que buscan construir un país en paz y con una vida digna para todos y todas.saulescobar.blogspot.com Navegación de entradas Las Afores un riesgo evidente para la juventud y la sociedad mexicana ¿ESTÁBAMOS MEJOR CON LOS PRIANISTAS?