Por Benigno Romano En el discurso político contemporáneo, el partido Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA) se ha consolidado como el principal representante de la llamada “transformación” en México. Su narrativa ha girado en torno a la ruptura con el viejo régimen, históricamente encabezado por el Partido Revolucionario Institucional (PRI), al que se le atribuyen prácticas como el clientelismo, la corrupción y el uso patrimonialista del poder. Sin embargo, al observar el escenario político en Puebla, surge una interrogante inevitable: ¿realmente se ha producido una transformación o simplemente una reconfiguración de los mismos actores bajo nuevas siglas?, claro ello con el visto bueno de la presidenta. En los últimos años, ha sido evidente la incorporación de numerosos perfiles provenientes del PRI a las filas de MORENA. Este fenómeno, lejos de ser aislado, responde a una lógica política pragmática en la que los actores buscan mantenerse vigentes dentro de las estructuras de poder. No obstante, esta migración plantea una contradicción fundamental en el proyecto morenista: ¿cómo sostener un discurso de cambio cuando quienes lo encarnan son, en muchos casos, representantes del sistema que se pretendía superar? Más allá de una simple afiliación partidista, el problema radica en la posible continuidad de prácticas políticas. La cultura política no se transforma de manera automática con el cambio de partido; por el contrario, tiende a reproducirse a través de los mismos operadores, estrategias y formas de relación con la ciudadanía. En este sentido, la presencia de exmilitantes priistas dentro de MORENA en Puebla podría interpretarse no como una renovación, sino como una adaptación del viejo régimen a un nuevo contexto político. Sin embargo, reducir el fenómeno a una crítica directa resultaría simplista. Es necesario reconocer que, en términos de gobernabilidad, la integración de perfiles con experiencia política puede responder a una estrategia deliberada. Gobernar implica no solo ideales, sino también operación, negociación y conocimiento del sistema. Desde esta perspectiva, la incorporación de antiguos priistas podría entenderse como una forma de asegurar estabilidad y eficacia en la gestión pública. La pregunta entonces no es únicamente si esta práctica es correcta o incorrecta, sino qué costo tiene para la coherencia del proyecto político que se promueve. En Puebla, esta tensión entre discurso y práctica se vuelve particularmente visible. Por un lado, se mantiene la retórica de la transformación; por otro, se observa la permanencia de figuras y dinámicas asociadas al pasado. Esta dualidad no solo genera dudas en torno a la autenticidad del cambio, sino que también pone en riesgo la credibilidad del propio partido frente a la ciudadanía. Así, la reflexión final no debe centrarse exclusivamente en MORENA como institución, sino en la naturaleza misma de la política mexicana. ¿Es posible una transformación real sin una renovación profunda de sus actores? ¿O estamos frente a un sistema en el que las élites políticas simplemente se reorganizan para conservar el poder? En este contexto, MORENA no habría eliminado al viejo régimen, sino que, en cierta medida, lo habría absorbido. La transformación, entonces, no puede limitarse a un cambio de nombre o de estructura partidista. Requiere una congruencia entre el discurso y la práctica, así como una auténtica renovación de la cultura política. De lo contrario, el riesgo es claro: que el proyecto que prometía ser una alternativa termine reproduciendo aquello que buscaba superar. Hay perfiles que más de pertenecer a MORENA, son verdaderamente de izquierda, por toda una trayectoria histórica y donde fueron colocado curiosamente pareciera que en el gobierno de puebla los encriptaron para asumir conductas del pesado y ser sumisos ante conductas no solo conservadoras sino alejadas del sentir de pueblo. Hasta la próxima. Navegación de entradas Creación y desaparición de la Dirección Federal de Seguridad Verdad, Justicia y Defensa de la Soberanía