por Alejandro Rozado Un grito atinado, una anónima expresión espontánea en plena euforia futbolera, el sentir de toda una sociedad harta de fachos empresarios y su mano negra en la política, el júbilo popular concentrado en una frase lanzada “al aire como desaire”, una pedrada verbal que da en pleno rostro, un jitomatazo de carpa lanzado al peor de los payasos rodeado de costosos guaruras: el “¡Ahí va la perrita de Trump!” seguido del infaltable: “¡Chinga tu madre, culeero!” acabó con la ofensiva ultraderechista en un contexto en que las movilizaciones de la CNTE también convergían en la intención de golpear a la 4T y su gobierno más que legítimo. Este sublime acto en la áspera coyuntura mundialista liberó la tensión acumulada, desató la algarabía como salida política antifascista. El humor popular como instrumento decisivo de la lucha cultural contra la ofensiva mediática de las grandes corporaciones. Eso bastó para desmontar el tinglado de la derecha retobona. Esa emanación del genio entre las masas queda como lección y aprendizaje para la historia: la 4T proveerá de recursos ante las crisis venideras. Porque México es una fuente de vitalidad inagotable. Ahí están los festejos multitudinarios de la pasión internacional por el balompié. ¿Y los de la CNTE? Se anotan una derrota política más; tendrán que retirarse a sus localidades a terminar su maltrecho curso escolar. Sus dirigentes, tercos en su oportunismo de montar un “dead line” al gobierno en la inauguración en el estadio Azteca, fracasaron por completo: sin ningún logro en la negociación de sus insensatas demandas, fueron barridos por la afición convertida en “multitud como nuevo sujeto histórico” -dirían Michael Hardt y Antonio Negri. La 4T vuelve a exhibir su gran virtud histórica. Puede convertir cualquier adversidad en una ventaja política. Un Mundial impuesto al país por el gobierno de Peña Nieto, es transformado en una fiesta de legitimidad política masiva, universal, lúdica. Espléndida. / Qué trago tan amargo para los conspiradores ultras de ambos signos. Navegación de entradas La FIFA, el juego de la corrupción