por Rodolfo Lara Lagunas

Así lo narró la presidenta:

“Un día vino… En una de las conversaciones —lo he platicado aquí— con el presidente Lula, me contó que la primera vez que vino a México, dijo: ‘A ver, ¿cómo está aquí? La calle se llama “Los Insurgentes”, esta otra calle se llama “Reforma”, esta otra calle se llama “Revolución”, esta otra calle se llama “Independencia”.'”

Y tenía razón el mandatario brasileño.

Un mexicano puede vivir en la colonia Independencia, trabajar sobre Avenida Insurgentes, tomar el Metro Revolución y cruzar Paseo de la Reforma sin detenerse a pensar que está recorriendo tres grandes momentos fundacionales de la nación:

  • La Independencia (1810-1821).
  • La Reforma liberal (1857-1867).
  • La Revolución Mexicana (1910-1917).

Pocos países incorporaron de manera tan intensa sus grandes procesos históricos al espacio público.

Por eso resulta tan reveladora la anécdota que contó la presidenta Claudia Sheinbaum sobre Lula da Silva. Sorprendido durante una visita a nuestro país, el mandatario brasileño preguntó cómo era posible que una ciudad estuviera atravesada por nombres como Insurgentes, Reforma, Revolución e Independencia.

La respuesta es sencilla.

Porque México no construyó su identidad alrededor de una sola hazaña. La construyó sobre una cadena de grandes transformaciones.

Mientras Estados Unidos recuerda, sobre todo, su Guerra de Independencia y su Constitución; mientras Canadá evolucionó gradualmente hacia la soberanía sin una revolución fundacional comparable; mientras Brasil obtuvo su independencia conservando un emperador y llegó a la república mediante un golpe militar; mientras buena parte de América Latina vivió independencias seguidas por prolongadas luchas entre caudillos y élites, México atravesó procesos que cambiaron, una y otra vez, el rostro del país.

  1. La Independencia rompió con el dominio colonial.
  2. La Reforma separó al Estado de la Iglesia, derrotó a un imperio extranjero y consolidó la República.
  3. La Revolución Mexicana dio origen a una de las primeras constituciones del mundo en reconocer derechos sociales.

Pocos pueblos del continente pueden decir que su identidad nacional descansa sobre tres transformaciones de semejante magnitud.

Por eso nuestra historia no vive únicamente en los archivos. Vive en las banquetas, en las estaciones del Metro, en las escuelas, en las plazas y en las direcciones postales. Todos los días, millones de mexicanos recorren calles que recuerdan las luchas que dieron forma al país.

Esa memoria colectiva también explica por qué la llamada Cuarta Transformación encontró un terreno fértil para presentarse como heredera de esa tradición histórica. Su principal fortaleza política no consiste solamente en las políticas públicas que impulsa o en los triunfos electorales que ha obtenido, sino en haber logrado enlazar su discurso con una narrativa profundamente arraigada en la historia nacional: la idea de que México avanza mediante grandes ciclos de transformación.

Se puede estar de acuerdo o en desacuerdo con esa interpretación. Lo que resulta difícil negar es que esa apelación a la historia ha tenido una capacidad de movilización poco común en el continente.

No muchos movimientos políticos pueden decir que intentan inscribirse en una secuencia que comienza con Hidalgo, continúa con Juárez, pasa por Madero y Zapata y busca proyectarse hacia el presente.

Aquí las revoluciones no quedaron únicamente en los libros de historia. Siguen apareciendo en cada mapa. Siguen nombrando nuestras avenidas.

La observación de Lula también permite entender algo que a veces pasa desapercibido: los mexicanos convivimos diariamente con la historia.

Regresando a la 4T, el enorme acierto del presidente Andrés Manuel López Obrador, al vincular el movimiento obradorista como parte de las grandes transformaciones del país, le permitió crear una suerte de destino manifiesto: ser el heredero político legítimo de los grandes movimientos de nuestra historia.

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