por Onel Ortiz

Las elecciones para renovar 17 gubernaturas en 2027 representan el primer gran examen político para Morena después de la elección presidencial de 2024 y del inicio del gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum. No se trata únicamente de una competencia entre partidos, sino de una disputa por la configuración del poder en el segundo piso de la Cuarta Transformación. En la mayoría de las entidades, la oposición llega debilitada, mientras que las verdaderas batallas se libran al interior de Morena y de su coalición con el Partido Verde y el Partido del Trabajo. Paradójicamente, el mayor adversario del movimiento parece ser él mismo.

Las encuestas de percepción ciudadana muestran que, independientemente de la entidad, existen tres preocupaciones que dominan el ánimo social: la inseguridad, la falta de empleo y el aumento constante en el precio de los productos básicos. Ninguno de estos problemas distingue colores partidistas. La ciudadanía evaluará a los candidatos por su capacidad para ofrecer soluciones y no únicamente por la fuerza electoral de Morena. Sin embargo, buena parte de la discusión política continúa concentrándose en las disputas internas, las cuotas de poder y las alianzas entre grupos, dejando en segundo plano los problemas que realmente preocupan a la población.

En Aguascalientes y Querétaro, Morena enfrenta los escenarios más complicados. En ambas entidades persiste la percepción de que el PAN conserva una ventaja estructural difícil de remontar. Nora Ruvalcaba sigue siendo el rostro histórico de Morena en Aguascalientes, pero incluso entre simpatizantes existe la idea de que la candidatura podría responder más a equilibrios internos que a una estrategia ganadora. En Querétaro ocurre algo similar. Santiago Nieto es ampliamente conocido en la política nacional, aunque no necesariamente entre el electorado queretano. Mientras Morena continúa resolviendo sus diferencias, el panismo mantiene una organización territorial que le permite partir con ventaja.

El caso de Chihuahua constituye probablemente la elección más competitiva de todo el país. Cruz Pérez Cuéllar y Andrea Chávez encabezan una disputa que trasciende las preferencias electorales y refleja la confrontación entre distintos proyectos nacionales dentro de Morena. Ambos poseen fortalezas evidentes, pero también generan resistencias importantes. El riesgo consiste en que una contienda interna excesivamente polarizada termine fracturando al movimiento y facilite la permanencia del PAN. Cuando las diferencias personales superan el objetivo político, las victorias suelen convertirse en derrotas anticipadas.

En Baja California la sucesión está marcada por el enfrentamiento entre los grupos de Marina del Pilar Ávila y Jaime Bonilla. Más que una competencia programática, se observa una lucha por el control político del estado. Julieta Ramírez y Alfredo Álvarez representan la continuidad del actual gobierno, mientras Ismael Burgueño aparece como el perfil con mayor posicionamiento electoral. Los señalamientos públicos contra la administración estatal, los audios filtrados y el procesamiento del exgobernador Ernesto Ruffo han convertido la elección en un escenario altamente polarizado. Morena mantiene posibilidades reales de conservar el gobierno, aunque difícilmente llegará unido.

En Baja California Sur, Colima, Guerrero, Sonora, Tlaxcala y Quintana Roo el panorama parece mucho más favorable para Morena. Son entidades donde la oposición permanece desarticulada y donde la discusión gira principalmente alrededor de quién recibirá el respaldo definitivo del gobernador o de la dirigencia nacional. Sin embargo, esta aparente tranquilidad puede convertirse en un problema. Cuando una elección se considera resuelta desde antes de iniciar la campaña, aparecen las imposiciones, los excesos y las fracturas internas. La historia reciente demuestra que ningún partido es invencible cuando pierde contacto con la realidad social.

Campeche representa uno de los casos más delicados. La decisión anticipada de Layda Sansores de impulsar a Pablo Gutiérrez Lazarus ha generado cuestionamientos tanto dentro como fuera de Morena. La percepción de que la sucesión está decidida antes de la encuesta contradice uno de los principios que el propio movimiento ha defendido desde su origen. Además, la confrontación de la gobernadora con diversos grupos internos y el crecimiento de Movimiento Ciudadano podrían convertir una elección aparentemente sencilla en una competencia mucho más cerrada de lo previsto.

Michoacán y Sinaloa enfrentan desafíos distintos, pero igualmente complejos. En ambos estados la inseguridad y la presencia del crimen organizado forman parte inevitable de cualquier análisis electoral. En Michoacán, la confrontación entre Raúl Morón y el grupo del gobernador Alfredo Ramírez Bedolla amenaza con dividir profundamente al partido. En Sinaloa, las consecuencias políticas derivadas de la crisis provocada por la captura de Ismael «El Mayo» Zambada modificaron completamente la sucesión. Más allá de quién resulte candidato, el verdadero desafío será garantizar que el proceso electoral pueda desarrollarse con condiciones mínimas de seguridad para candidatos, autoridades y ciudadanos.

En Nayarit y San Luis Potosí la variable determinante será la relación entre Morena y sus aliados. En Nayarit la disputa entre Héctor Santana y Geraldine Ponce parece definir la candidatura, mientras el Partido Verde mantiene capacidad para influir en la negociación. En San Luis Potosí ocurre algo diferente. La fortaleza política del gobernador Ricardo Gallardo y del Partido Verde coloca a Morena en una posición secundaria, generando la percepción de que las decisiones estratégicas ya fueron tomadas desde el gobierno estatal. La coalición será puesta a prueba cuando los intereses de los partidos dejen de coincidir.

Nuevo León continúa siendo la gran asignatura pendiente de Morena. Después de seis años de crecimiento nacional, el partido todavía no logra construir un liderazgo estatal capaz de competir en igualdad de condiciones con Movimiento Ciudadano o con el PRI. Tatiana Clouthier, Waldo Fernández y Andrés Mijares representan perfiles distintos, pero ninguno parece haber consolidado una estructura política suficiente para disputar seriamente la gubernatura. Todo dependerá también de las decisiones que adopte Samuel García respecto a la candidatura de Movimiento Ciudadano, pues un error estratégico podría modificar completamente el escenario electoral.

Zacatecas sintetiza uno de los dilemas históricos de la política mexicana: la disputa entre los liderazgos regionales y los proyectos de renovación. Ulises Mejía aparece como el aspirante mejor posicionado, mientras persiste la interrogante sobre el papel que jugará el grupo político encabezado por la familia Monreal. Para una parte importante de la opinión pública, la elección representa la oportunidad de cerrar un largo ciclo de predominio político; para otra, la influencia de ese grupo seguirá siendo determinante independientemente del resultado de la encuesta. La resolución de esa tensión marcará buena parte del futuro político del estado.

Existe además un elemento que atraviesa prácticamente todas las entidades: el creciente peso de los gobernadores en la definición de las candidaturas. Aunque Morena sostiene que las encuestas son el mecanismo para seleccionar a sus abanderados, en la percepción pública prevalece la idea de que los mandatarios estatales continúan teniendo una influencia decisiva. En numerosos estados se da por hecho que los gobernadores ya tienen candidato o candidata. Esa percepción, sea correcta o no, constituye un riesgo para la credibilidad de los procesos internos y para la legitimidad de quienes finalmente resulten designados.

Morena llega a 2027 con una ventaja política evidente producto de su fortaleza electoral, de los programas sociales y del respaldo que todavía conserva el proyecto iniciado por Andrés Manuel López Obrador. Sin embargo, esa ventaja no garantiza triunfos automáticos. La historia política mexicana demuestra que los partidos dominantes suelen comenzar a debilitarse cuando sustituyen el debate de ideas por la disputa de grupos, cuando las encuestas dejan de ser instrumentos de medición para convertirse en mecanismos de legitimación y cuando la ciudadanía percibe que las decisiones ya fueron tomadas antes de consultar a la militancia.

La elección de 2027 será mucho más que una renovación de gubernaturas. Definirá el equilibrio interno de Morena, medirá la capacidad de liderazgo de la presidenta Claudia Sheinbaum para conducir la sucesión en los estados y delineará a los grupos que competirán por la candidatura presidencial de 2030. El verdadero reto para el partido gobernante no consiste únicamente en conservar el mayor número posible de gobiernos estatales, sino en demostrar que puede administrar el poder sin reproducir las prácticas que durante décadas criticó. Si Morena logra privilegiar la unidad, la transparencia y el mérito sobre las cuotas y las imposiciones, llegará fortalecido al siguiente ciclo político. Si ocurre lo contrario, su principal adversario no será la oposición, sino las divisiones nacidas desde el interior del propio movimiento.

Eso pienso yo, usted qué opina. La política es de bronce.

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