Nota Antropológica

Dos hermanas entraron a una zapatería sabiendo que probablemente recibirían un trato distinto por ser negras. Pero decidieron probar algo. Empezaron a hablar francés y esperaron para ver qué ocurría. La actitud de los empleados cambió. Por un momento, dejaron de ser vistas como dos jóvenes negras y comenzaron a ser tratadas como extranjeras. Angela Davis todavía era adolescente, pero aquella experiencia sería una de muchas que marcarían las preguntas que acompañarían su vida.

Cuando los empleados se dieron cuenta de que hablaban francés, cambiaron inmediatamente de actitud. Aquellas dos jóvenes negras, que en una situación contraria hubieran recibido un trato distinto, ahora parecían extranjeras. La atención cambió, así que ellas dejan que la situación continúe durante un momento, hasta que Angela decide decirles quiénes son realmente.

La persona seguía siendo la misma, lo que había cambiado era la manera en que los demás la estaban clasificando.

Años después, aquella se haría presente de muchas otras formas en la vida de Angela Davis. La encontraría en las aulas, en los movimientos políticos, en el feminismo, en los tribunales y hasta dentro de una cárcel.

Pero para llegar hasta ahí, primero tuvo que descubrir que estudiar también podía ser una forma de preguntarse por aquello que estaba ocurriendo a su alrededor.

Davis nació en 1944 en Birmingham, Alabama, una ciudad marcada por la segregación racial. Creció en un barrio conocido como Dynamite Hill, donde las viviendas de familias negras eran atacadas por grupos racistas. Su infancia estuvo marcada por esas condiciones; sin embargo, su formación también estuvo marcada por la educación y por una familia que valoraba el aprendizaje.

Debido a lo anterior, fue durante su adolescencia cuando consiguió una beca para estudiar en una escuela privada progresista. Después llegó a la universidad y comenzó a acercarse a la filosofía.

Todavía no sabía exactamente qué quería hacer con ella.

Leía por su cuenta a Marx y a otros filósofos. En Brandeis encontró Eros and Civilization, de Herbert Marcuse. El libro le resultó difícil, pero su curiosidad no le permitió quedarse hasta ahí. Cuando Marcuse impartió un curso sobre pensamiento político europeo, Davis asistió incluso cuando no podía inscribirse formalmente.

En algún momento decidió pedirle una entrevista.

No quería hablarle de fama ni de política. Quería una bibliografía.

Necesitaba saber qué leer para estudiar filosofía de manera más ordenada y también quería asistir a su seminario sobre Kant.

Ese encuentro muestra a una Davis que todavía estaba construyendo su camino intelectual. La filosofía le ofrecía herramientas para pensar sobre la historia, las personas, el conocimiento y la sociedad. Después, su formación en Europa la acercaría a Marx, Hegel, Kant y a los debates de la teoría crítica.

Pero, si un día regresaba a Estados Unidos, ¿podía hacer algo con todo aquello?

Davis volvió con la intención de participar en los movimientos de liberación negra. Llegó incluso a buscar a una persona cuyo contacto había recibido durante su estancia en Europa. Viajó hasta Watts, buscó la dirección y descubrió que no existía. Tocó puertas, pero nadie sabía quién era aquella persona. Así lo relata ella misma.

Luego se mudó a San Diego para continuar sus estudios de filosofía.

Pero al principio se encontró prácticamente sola.

Buscaba estudiantes negros en el campus, revisaba anuncios, preguntaba a otras personas y recorría los espacios universitarios tratando de encontrar alguna forma de participar. La frustración terminó llevándola a involucrarse en una organización estudiantil radical que protestaba contra la guerra de Vietnam.

Poco después, junto con otros estudiantes, comenzó a organizar un grupo de estudiantes negros.

El procedimiento fue aparentemente simple, pero significativo.

Revisaron dormitorios, departamentos y oficinas universitarias para identificar estudiantes y trabajadores negros. Consiguieron reunir aproximadamente entre 15 y 20 personas y comenzaron a construir una organización.

Davis estaba estudiando filosofía, pero también estaba aprendiendo algo sobre la organización social.

Para transformar una situación, primero había que saber quiénes eran los que estaban ahí, qué problemas compartían y cómo podían actuar juntos.

En 1968 ingresó al Partido Comunista de Estados Unidos después de participar en discusiones sobre marxismo, organización política y transformación social. Al mismo tiempo continuó con su formación académica. Casi a la par de estas actividades se encargaba de estar en sus exámenes doctorales; además, trabajó como asistente de enseñanza y dividió su tiempo entre la universidad y la actividad política.

La separación entre filósofa y militante comenzó a resultar cada vez menos útil para describirla.

En 1969 obtuvo un puesto docente en UCLA y ahí es cuando ocurrió algo que cambiaría nuevamente su trayectoria.

Porque su pertenencia al Partido Comunista se convirtió en un problema para la universidad. La administración intentó impedir que continuara enseñando. Davis interpretó aquel conflicto como una nueva expresión de la persecución política que había acompañado al anticomunismo estadounidense.

Y ahí estaba nuevamente preguntándose, ¿quién decide qué puede hacer una persona cuando sus ideas incomodan a una institución?

Poco después, su actividad política la acercó a la defensa de personas encarceladas, entre ellas los llamados Soledad Brothers. Ese trabajo comenzó a cambiar sus preguntas. La cárcel dejó de ser solamente un lugar donde estaban otras personas. Se convirtió en una institución que necesitaba ser comprendida.

En 1970, esa cuestión entró directamente en su vida.

Davis era buscada por las autoridades después de que armas registradas a su nombre fueran relacionadas con un enfrentamiento ocurrido en un tribunal de Marin County. Durante su huida, ella cuenta que tuvo que colocarse una peluca para intentar no ser reconocida.

La escena parece sacada de un drama criminal, pero no, era una mujer que había pasado años estudiando filosofía y que ahora tenía que caminar por las calles preguntándose si alguien la reconocería.

La persona seguía siendo Angela Davis, pero para las autoridades ella representaba otra cosa.

Fue detenida y permaneció encarcelada durante más de un año mientras esperaba el desenlace de su proceso. Su caso generó una campaña internacional por su libertad, hasta que finalmente fue absuelta.

La experiencia no terminó cuando salió de la cárcel, pero eso le dio pauta para cuestionar lo que ocurre con el funcionamiento de una institución completa.

Davis comenzó a llevar estos nuevos cuestionamientos hacia su trabajo intelectual.

Fue así que en Mujeres, raza y clase, publicado en 1981, examinó la historia de las luchas de las mujeres, la esclavitud, el movimiento antirracista, el trabajo y las desigualdades de clase. Su trabajo es imprescindible porque muestra cómo hablar de “las mujeres” como si todas hubieran vivido las mismas experiencias podía ocultar diferencias fundamentales.

Las mujeres negras, por ejemplo, habían vivido una relación con el trabajo distinta de la que aparecía en muchas representaciones tradicionales de la vida femenina. Durante la esclavitud trabajaban junto con los hombres y, después de la emancipación, muchas continuaron realizando trabajos domésticos mientras sostenían responsabilidades familiares.

Davis también estudió las tensiones dentro del movimiento sufragista.

Algunas mujeres blancas de sectores medios defendieron sus derechos políticos mientras mantenían posiciones que dejaban fuera a mujeres negras y trabajadoras. En determinados momentos, incluso se planteó la prioridad del sufragio femenino frente al derecho al voto de los hombres negros.

Entonces, ya no se trataba solamente de preguntarse por qué una persona era tratada de manera diferente.

También había que preguntar quién quedaba fuera cuando una lucha decía representar a todas las mujeres.

Esa preocupación aparece también en su análisis de los derechos reproductivos. Davis estudió casos de esterilización forzada que afectaron especialmente a mujeres pobres, negras, indígenas y latinas. Para ella, hablar de libertad reproductiva exigía observar quién podía decidir sobre su propio cuerpo y quién estaba sometida a decisiones tomadas por instituciones externas.

Con el tiempo, sus investigaciones regresaron a la prisión.

En ¿Son obsoletas las prisiones?, Davis cuestionó la idea de que el encarcelamiento sea una respuesta inevitable ante los problemas sociales. Analizó la historia de las cárceles, su relación con la esclavitud, el racismo, el género, la reforma penitenciaria y el llamado complejo industrial penitenciario.

La pregunta que había comenzado en aquella zapatería de Birmingham había llegado a un lugar que nunca se hubiera imaginado.

¿Qué hace que una sociedad trate a una persona de determinada manera?

La respuesta que fue construyendo Davis no se encontraba solamente en las decisiones individuales. También estaba en las instituciones, en las relaciones sociales, en la historia y en las categorías que utilizamos para decidir quién pertenece, quién merece determinados derechos y quién debe ser apartado.

Por eso su trayectoria es importante incluso cuando se observa fuera de la filosofía o de la política.

Davis pasó buena parte de su vida intentando comprender situaciones que muchas personas experimentan sin detenerse a preguntar cómo llegaron a existir.

Una tienda donde dos personas reciben un trato distinto. Una universidad que decide quién puede enseñar. Un movimiento que habla en nombre de todas las mujeres. Una institución que decide quién debe permanecer encerrado.

Al final, quizá todas esas escenas nos obligan a preguntarnos cuánto de nuestra vida depende de lo que hacemos y cuánto depende de la manera en que otras personas, instituciones y sociedades deciden clasificarnos.

¿Alguna vez has recibido un trato diferente simplemente por la manera en que alguien te percibió?

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