por Rodolfo Lara Lagunas

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─Si vas a la manifestación de la ciudad de México es probable que vuelvas a ver
al Jano, me había dicho un amigo de los tiempos preparatorianos.
─Pero si el Jano desapareció durante la matanza del 68, le dije.
─Bueno, yo también creo que murió, pero varios compañeros me han dicho que lo
han visto en marchas y mítines de protesta. Nada pierdes con buscarlo.
Tenía razón. ¿Qué perdía?
Salimos en un camión de la ciudad de Querétaro a las siete de la mañana. La
manifestación en apoyo de los indígenas chiapanecos del subcomandante Marcos
y del Ejército Zapatista de Liberación Nacional estaba programada para las diez
de la mañana. Al subir al vehículo y tomar asiento me concentré en la imagen de
Jano, pese a que el compañero que estaba a mi lado trató de hacerme plática. El
recuerdo de mi amigo era demasiado fuerte. Lo había conocido desde la primaria.

Cursaba el sexto año en la escuela “Benito Juárez” cuando llegó el Jano a
inscribirse; venía, según supimos después, del estado de Michoacán.


Era un chavo sumamente delgado, de ahí que fuera el centro de las bromas del
grupo. Todos los apodos que tuvieran relación con su físico se le pusieron: la
lombriz, la escalera, el termómetro, el tallarín, etc. Sin embargo, al final todos
acabamos por decirle el Jano, dado que se llamaba Alejandro. Y a pesar de que
era sumamente tranquilo la raza no lo dejaba en paz, sería porque era nuevo en la
escuela o porque su habla era diferente en el tono a la de nosotros. El caso es que
con frecuencia se le choteaba y se le provocaba. Fue en una de estas cuando
alguien soltó el rumor de que yo había afirmado que era una gallina y que lo
mismo había dicho él de mí. Todavía, para que me diera más coraje alguien me
dijo que me andaba quitando a Gloria. Y aunque ésta realmente no era mi novia,
la verdad es que me gustaba. Ante esto no había más remedio que demostrar
ante los compañeros quien era quien. “A la salida”, fue la respuesta de ambos
ante la presión del grupo. La pelea se hizo en donde ya era nuestro ring habitual,
Las Arboledas.

Nos dimos, como se comprenderá hasta con la cubeta. Por mi parte no faltó
voluntad; tampoco por la de Jano. Todos los testigos afirmaron que yo gané la
pelea. Así que al día siguiente yo me sentía el héroe del grupo. Pero la bronca no
terminó ahí. Los más grandes se las ingeniaron para soltar el rumor que el Jano
quería la revancha. Cuando me lo dijeron ni pensé la respuesta: cuándo quiera y
dónde quiera. De esto a armar la pelea fue cuestión de minutos. Como siempre, el
encuentro boxístico se haría a la salida de clases y en el sitio de siempre, Las
Arboledas. En esta ocasión los espectadores dijeron que el triunfador había sido el
Jano, dizque por algunos puntos. Y como no había todavía un vencedor definitivo
pues ¡se armó la tercera pelea!, la decisiva. Al terminar ésta en el mismo lugar de
siempre, el fallo de los cuates fue… ¡empate!. Hasta entonces nos dimos cuenta
los dos que los alumnos grandes del grupo nos estaban viendo la cara de tarugos.
Así que al día siguiente los dos reconocimos que no teníamos motivo para pelear;
desde entonces nos hicimos grandes amigos. A veces él me visitaba y, en
ocasiones yo era el que iba a su casa.

2

Mi amigo no tenía padre. Su madre era costurera, teniendo que mantener a cuatro
hijos. Y como no alcanzaban sus ingresos para resolver todas sus necesidades, al
Jano, que era el mayor, no le quedó más remedio que trabajar por las tardes.
Primero se dedicó a vender chicles; luego fue bolero en Plaza de Armas,
posteriormente trabajó de barrendero en una peluquería. Con el tiempo laboró en el cine Opera. Para mí este fue su mejor trabajo ya que todos los viernes en que
pasaban tres películas él siempre me conseguía la entrada gratis. Ya dentro del
cine me daba mi torta y mi refresco. Casi todas las películas de Pedro Infante,
Jorge Negrete y Cantinflas que he visto se debe a esta época de mi vida y a la
amistad que tenía con el Jano.
Cuando terminamos la primaria asistimos a la misma secundaria Número Uno de
la ciudad. Aquí nos tocó el mismo grupo por lo que la amistad entre ambos se
incrementó. El Jano destacaba en casi todas las materias, pero sobre todo en las
ciencias sociales. Conmigo era al revés, me gustaban más las ciencias naturales.
Así que ambos nos echábamos la mano cuando se venían los exámenes. Y
aunque ya desde del primer año empezó a destacar en la política estudiantil,
puesto que fue electo jefe de grupo, fue en el segundo en donde sobresalió, ya
que se lanzó como candidato a la presidencia de la sociedad de alumnos. Y
aunque era tradición que este cargo siempre lo ganaba un estudiante de tercero,
en esta ocasión el Jano ganó de calle el liderazgo de la secundaria. Desde
entonces destacó como buen orador y declamador. Casi en todos los actos cívicos
los profesores incluían al Jano en los programas. Y como lo flaco no se le quitaba
empezó a asistir al gimnasio a levantar pesas y practicar el boxeo. Y aunque me
invitó y algunas veces lo acompañé, la verdad es que estas actividades nunca me
han gustado.

3

Al ingresar a la preparatoria la carrera exitosa del Jano continuó. Su ascenso a la
presidencia de la sociedad de alumnos fue cuestión de tiempo. A este éxito se
sumaron los primeros lugares que obtuvo en oratoria, en los mil quinientos metros
planos, y en los guantes de oro de interbarrios. Del débil y flacucho Jano ya nadie
se acordaba, menos que alguien quisiera tomarlo a burla o hacerlo el centro de
sus sarcasmos. Al contrario, todo mundo procuraba hacerlo su amigo. La estrella
del Jano llegó a su máximo esplendor al celebrarse el baile anual de la
preparatoria. Para todos era sabido que por el mes de septiembre llegaban a la
ciudad para realizar sus prácticas militares los cadetes del Colegio Militar. Para
nosotros su presencia era una derrota en el campo del amor y la amistad con las
compañeras. Estas generalmente terminaban con los novios una semana antes
del baile, precisamente para poder ligar con los cadetes. Y es que estos con su
uniforme de gala, su espadín y su fama de valientes hacían estragos en el sexo
femenino. Rompían corazones. Y eso nos encabronaba. Máxime cuando nos
acercábamos a sacar a bailar a una chava y ésta nos rechazaba, lo que no
sucedía ante la presencia de un pinche cadetito. Por eso cada año el coraje se desataba contra los estudiantes del Colegio Militar. Y como éstos estaban
preparados físicamente pues ni de chiste los provocábamos. Las contadas
ocasiones en que algún preparatoriano llegó a enfrentarse a golpes a un cadete
terminó como campeón destronado. De ahí que las preparatorianas prefirieran a
los cadetes. Estos, además de figuritas, eran valientes, pero en esta ocasión
sucedió el milagro.
Hasta la fecha nadie sabe cómo empezó la bronca, lo que si sabemos es que el
Jano, ¡solito! Se agarró a golpes con ¡tres cadetes! al mismo tiempo y a los tres
descontó a puñetazos y patadas. Su hazaña se agigantó al despojar a uno de
ellos de su espadín. Ante este hecho todos los preparatorianos nos lanzamos
contra los cadetes y a éstos no les quedó más remedio que salir corriendo ante la
multitud eufórica que amenazaba casi con lincharlos. Y aunque a algunas mujeres
no les gustó la huida de sus ídolos, la verdad es que el baile continuó teniendo el
Jano como héroe de la noche y de toda la preparatoria. Pero no sólo a éste se le
reconocía su valentía; no, también nosotros ante los ojos de nuestras
condiscípulas recuperamos el valor varonil del que supuestamente carecíamos. El
mensaje era claro: ya no tenían las preparatorianas que andar buscando hombres
en otros espacios escolares. Había pues en las mesas y en la pista de baile una
atmósfera de triunfo, de alegría desbordante e indescriptible. Hasta los profesores
se contagiaron de nuestra victoria cuando les contamos la hazaña del Jano y de la
tropa preparatoriana. A partir de ese año jamás regresaron los cadetitos a nuestro
baile anual. ¿Cómo no recordar al Jano con cariño y admiración?

4

Al terminar con todos los honores la prepa, pero, sobre todo, con el afecto de los
preparatorianos, Jano se fue a estudiar a la escuela de Derecho. Todo mundo
reconoció que no había error al escoger esta carrera. Y todo mundo auguró éxito
en su futuro trabajo de abogado. Y de ahí a la política, a los cargos públicos. Pero
cuando estaba empezando el segundo año de la carrera estalló el movimiento
estudiantil de 1968. Y aunque él no era el presidente de la Federación
Universitaria formaba parte del comité de la sociedad de alumnos de la escuela de
Derecho. Y como tal no se arrugó. A Jano se le veía en las marchas, pintando
mantas, repartiendo volantes, pegando carteles en las paredes, tomando
autobuses y enfrentándose a los policías. Como orador en los mítines, él era
siempre el que encendía a la multitud; el que la enardecía. ¡Qué manera de
convencer! Pero, además le hacía a la poesía y también la aprovechaba para jalar
a la raza al movimiento. Durante esos agitados días publicó, en volantes que se
repartían y pegaban en las paredes, un poema bronco, que invitaba al asalto del cielo: “los jóvenes no tienen derecho/ a la amargura, la frustración y al
desencanto;/ porque en esencia son flores al viento,/ ríos impetuosos y soles en
movimiento./ Tampoco tienen derecho/ a refugiarse en la impotencia y la apatía,/
menos a escaparse hacia los paraísos artificiales/ del consumismo y la
drogadicción./ En última instancia será mejor para todos/ que se irriten y se armen
de valor y de coraje/ para luchar y mandar a la chingada/ este mundo que envilece
y degrada a los hombres./ De este modo, por lo menos, seguirán vivos/ los
sueños, la dignidad, la poesía y la esperanza.” El hombre pues se consumía y se
entregaba apasionadamente al movimiento estudiantil como pocos.

Y aunque yo me le había separado al entrar a la universidad, ya que mientras él
se fue a leyes yo me fui a la escuela de ingeniería química, no perdimos nunca el
contacto. De una u otra manera nos frecuentábamos. Pero nuestros intereses eran
distintos. A mí las juntas y asambleas me aburrían, mientras a él le
entusiasmaban. Para mí la política era perder el tiempo. Así durante el movimiento
estudiantil participé sin la pasión y entusiasmo de Jano. Y más bien lo hice por él.
Este me llevaba volantes para repartir en los camiones y mercados, lo cuál
obviamente hacía, pero repito, sin la entrega que le veía en los ojos a Jano. ¿De
dónde le salía el entusiasmo, la pasión, la entrega? Es comunista, me dijo un día
un amigo de la Universidad. En efecto, ya para entonces corría el rumor que Jano
había ingresado a la Juventud del Partido Comunista Mexicano. Y aunque nunca
se lo pregunté y nunca me lo dijo, lo cierto es que en sus discursos y pláticas
sostenía que sólo a través de un gobierno de trabajadores habría progreso para
todos los pobres de México y del mundo. Había que seguir ─afirmaba─ el ejemplo
de Emiliano Zapata y del Che Guevara.

Por eso cuando se vino la represión a quién más golpearon y torturaron fue a
Jano. Pobre, le dieron duro los judiciales y militares: según supimos después,
recibió choques eléctricos en los testículos, lo golpearon hasta que se cansaron, le
echaron Tehuacán con chile piquín en las fosas nasales, le vendaron los ojos e
hicieron el simulacro de que lo iban a fusilar, quemaron su cuerpo con cigarros,
pero nunca se supo que fue de él. Para Sarita, su madre, murió, ya que nunca
regresó a su casa. A los seis meses de su desaparición ella se fue al viaje sin
retorno: todos dicen que de la pena. Parecida suerte corrió Jorge, el que lo invitó a
formar parte de la Juventud Comunista. Un balazo durante la agresión del dos de
octubre lo dejó paralítico para siempre. Como no pudo soportar esta situación al
año de su desgracia se suicidó. En estos recuerdos estaba cuando el camión se
estacionó cerca de donde iba partir la marcha. Pensativo bajé del autobús
procurando no separarme de mi contingente. Lo que es la vida, me dije; mientras vivió el Jano nunca participé en la política. Si hoy me viera no lo creería. Y menos
que a él le debo mi despertar político. Pero ¿vivirá realmente?

Para salir de la duda abandoné mi contingente y fui recorriendo todos los tramos
que integraban la gran marcha. Pese a que vi a varios compañeros durante mi
caminata nunca me detuve a platicar con algunos de ellos. La figura de Jano me
impulsaba a seguir caminando, a seguir buscando. Al final opté por pararme en
una esquina y permanecer allí. Largos se me hicieron los minutos… Y cuando ya
estaba a punto de abandonar mi puesto de observación vi que de entre un
contingente ¡apareció el Jano! No lo podía creer ¡imposible! ¿Será realmente él?
Por más de veinte años los que lo conocimos y tratamos lo dimos por muerto, por
desaparecido. Pero, el Jano que yo vi ya no era el de antes. El de ahora caminaba
lento, como arrastrando los pies, con la mirada perdida, extraviada. Cuando me
acerqué y le hablé por su nombre no me contestó. Como insistí en hablarle uno de
los manifestantes me alcanzó a decir: ─es inútil amigo, con nadie habla, no
conoce a nadie, le falta un tornillo. Siempre que hay marchas y mítines está
presente. Pero nadie sabe de donde es, ni se le conoce algún pariente. Ni su
nombre sabemos; nosotros le decimos El Marchista. Por lo general nos
cooperamos para sus tortas y su refresco. Y aunque es tranquilo está bien fregado
el cuate. ¿Qué, usted lo conoce? Me quedé callado, con los ojos húmedos…
recordando al Jano de los tiempos heroicos, con el que me peleé a puñetazos tres
veces, con el que me conseguía la entrada gratis al cine todos los viernes, con el
líder que madreó solito a tres cadetes, con el que decía que sólo un gobierno de
trabajadores podría mejorar la suerte de los jodidos. Cuando volteé hacia dónde
había visto al Jano, éste había desaparecido entre los manifestantes, para seguir
marhando.