por Rodolfo Lara Lagunas 1 Tenía días de observar a cierta distancia a un anciano que permanecía sentado con la mirada perdida en una esquina del patio del reclusorio de Villahermosa. Me preguntaba ¿por qué estará preso? ¿Qué delito cometería? Un día, finalmente, me acerqué, procurando dialogar con él y salir de la duda. Durante la charla me enteré que no tenía parientes que lo visitaran los jueves y domingos; los días de visita. Después de un rato de plática hice la pregunta respectiva: —¿Por qué lo encarcelaron? ¿Qué hizo? —Me robé un pavo, joven. Y como no tenía para la fianza o multa, el juez me encarceló. El pavo cuesta 150 pesos. Me cobran lo que vale, más 50 pesos. Y como no pude reunir los 200 pesos, pues …aquí me tiene. 2 Me despedí indignado. ¿Por un pavo estar entre criminales? Enseguida busqué a algunos compañeros estudiantes que estábamos presos por hacer marchas y mítines contra el gobierno priista. Les conté la breve historia y acordamos reunirnos más tarde en una celda con más compañeros. Con la presencia de doce de los dieciséis estudiantes de la Universidad Juárez de Tabasco se abordó el tema. De inmediato Tito explotó: —¿Cómo madre pueden encarcelar a un anciano por robarse un pavo mientras los hijos de puta gobernantes se roban millones de pesos y ni siquiera pisan la puerta de la peni? ¡Coño, son chingaderas! —Tienes razón, dijo el dirigente. Pero este no es el momento de debatir sobre la maldita corrupción de los funcionarios, sino de juntar dinero para que pague el anciano lo que le pide el juez y salga libre. Y como tengo una reunión con un abogado, yo les propongo que demos lo que traigamos en las bolsas y le entreguemos aquí al profe lo que se junte. Aquí está mi aportación. De inmediato salió de la celda. Por lo que ya no hubo más discusión y todos sacamos de las bolsas de los pantalones y camisas lo que traíamos. En total se juntaron 300 pesos. 3 Satisfecho con lo reunido esperé el día siguiente para llevar de inmediato el dinero reunido. Así que tan pronto nos abrieron las celdas salí presuroso hacia la esquina donde permanecía sentado el anciano. —Don Simón, le informo que entre todos los estudiantes le juntamos los 200 pesos que le piden para que lo liberen; pero hay 100 pesos más para que se aliviane ahora que salga de la cárcel. El hombre emocionado sólo pudo decir: —Gracias muchachos, dios se los pague. Y lo dejo para ir a buscar mi morral y hacer los trámites de mi salida. Lo vi caminar presuroso hacia su celda, quedándome con una extraña satisfacción de alegría. Me sentí más humano. 4 Pasaron dos días. Estando recostado en la celda, leyendo un libro, se me acercó Ramiro, medio en broma y medio molesto: _—El pinche viejito sí que nos vio la cara de pendejos, mi estimado profe. ¿Sabes dónde está? —En alguna cantina, seguro, ¿no? —No, mi estimado. Sigue aquí encerrado. Sal para que lo veas; está sentado en su esquinita. Ahora el encabronado fui yo. Salí casi corriendo para comprobar la información de mi compañero. Y efectivamente, ahí estaba el viejo Simón fumándose un cigarro. Me acerqué y sin ningún respeto le expresé todo mi coraje: —De veras que es usted cabrón. ¡Nos trató como imbéciles! ¿Por qué lo hizo? El anciano se veía nervioso. Yo continué: ¿a poco creyó que no nos íbamos a dar cuenta? Y no es por el pinche dinero; no, es por la burla. Después de un silencio prolongado don Simón habló: —Mire, en parte si lo engañé, pero en parte no. —¿Cómo es eso? —Es que si robé el pavo. Lo que no le dije es que lo robé para que me metieran a la cárcel. Lo hice a propósito. Y si salgo libre le juro por diosito santo que vuelvo a robar para que me encarcelen. 5 Impactado por la noticia sólo dije, no le entiendo. —Mire joven, a los de mi edad ya nadie les da trabajo. Estuve casado y tuve hijos, pero —casi llorando, o a punto de llorar continuó todos murieron. Diosito santo me castigó al dejarme solo. No tengo casa, duermo, cuando me deja la policía, en el parque Juárez o en Plaza de Armas. Lo cabrón está cuando llueve. Viera como amanezco. Y vivo de las limosnas. Si junto, como; si no, pues que lloren las tripas. En cambio, estando en la cárcel, aunque es mala la comida, desayuno, como y ceno. Y tengo una cama dura y un techo que me protegen del agua del cielo. Por eso robo, joven. Perdone que no le haya dicho toda la verdad. Pero si es por el dinero, todavía tengo la mitad. El resto lo he gastado en una mejor comida y en estos cigarros. Al final el hombre se derrumbó: — Todo por no tener a nadie de familia. Yo no sé para qué vivo. Al terminar de hablar las lágrimas escurrían por su rostro. —Ahora, ¿me entiende, joven? —Puede quedarse con el dinero. Y lamento sinceramente lo que le pasa. Si estuviera como usted, creo que haría lo mismo. Me despedí dolido y encabronado. ¿Cómo puede haber gente que robe para sobrevivir en la cárcel y altos funcionarios ladrones que jamás pisan una celda? Pensando en que algún día esto tiene que acabar, me dirigí a mi celda, con los ojos puestos en el anciano que roba pavos o gallinas para sobrevivir preso. Algún día…Si, como escribió el maestro Pellicer: “Algún día el maíz será de todos”. Posdata: El día llegó, gracias al presidente Andrés Manuel López Obrador millones de ancianos ya no están solos. El dinero que se robaban los altos funcionarios hoy sirve para mantener los programas sociales. Los estudiantes fuimos encarcelados a fines de julio de 1968 por exigir la renuncia del gobernador. Navegación de entradas Tras 40 Años de Espera, Entregan Calle Rehabilitada con Ciclovía al Norte de Puebla PAN de muerto y marketing