por Rodolfo Lara Lagunas 1 Se llamaba Timoteo Hernández Hernández. Y estudiaba el primer grado de secundaria en la única escuela de este nivel educativo que existía en la pequeña comunidad de San Miguel Ixmiquilpan. Desde su inicio se distinguió inicialmente como un estudiante introvertido, callado. Sólo hablaba si alguien le preguntaba. Se aislaba de sus compañeros hasta en el recreo de veinte minutos.Al terminar el primer trimestre su fama dio un gran salto: en la primera evaluación había sacado diez en todas las materias. Ante esa grata sorpresa compañeros y maestros volteamos a ver a Timoteo con otros ojos.Entonces nos dimos cuenta de la pobreza extrema en que vivía. De la información acumulada nos enteramos de las condiciones de vida: estudiaba sin tener el apoyo del padre ya que éste le había advertido que no tenía dinero para mantenerlo en sus estudios, pero Timoteo se entercó alegando que por su cuenta y con el apoyo de su madre haría lo necesario para seguir estudiando.Como vivía en una ranchería y no en la cabecera municipal, caminaba todos los días hora y media de su casa a la escuela y el mismo tiempo de regreso. Además, nos contó el maestro asesor, camina descalzo para no gastar sus zapatos. Y ya cuando entra al pueblo se los pone. En el recreo se refugiaba en el salón de clases para sacar sus tacos de frijoles del morral, que para esa hora y dado el frío intenso que siempre prevalecía en San Miguel, estaban totalmente fríos. 2 El director de la escuela, que era un buen hombre y era estimado por el pequeño grupo de profesores, así como los padres de la comunidad, para alentarlo lo integró a la escolta de la escuela. La tradición establecía que sólo alumnos de tercero de secundaria conformarían este pequeño grupo, quienes, además, deberían llevar los mejores promedios en sus calificaciones. La noticia le provocó una sonrisa contenida de satisfacción a Timoteo, cosa rara, ya que siempre mantenía una actitud de esfinge, de roca.Lamentablemente, a las pocas semanas, éste nos pegó un susto a todo el contingente escolar reunido un lunes para rendir los honores a la bandera. Se iniciaba la semana de la patria del mes de septiembre de 1970. Al terminar el recorrido por el pequeño patio escolar la escolta ocupó el lugar correspondiente. Y en el momento de iniciar el programa cívico, todos vimos asustados y preocupados como Timoteo se caía desmayado al piso.De inmediato el director ordenó la suspensión del acto y dispuso que todo el alumnado y maestros se fueran a las aulas, mientras que él con otros compañeros cargaban el cuerpo de Timoteo para llevarlo a la dirección de la escuela. Al mismo tiempo que otro profesor que vivía en la comunidad se ofreció para ir por el médico que laboraba en el Centro de Salud.Llegó, casi de inmediato un joven médico. Hizo la revisión respectiva y al terminar le dijo al director y a los trabajadores presentes: —Afortunadamente no tiene nada grave, ni necesita medicinas. Lo que tiene el muchacho es hambre. Denle algo de comer. Se nota que su alimentación es muy deficiente. Desgraciadamente la pobreza en estas rancherías se multiplica y tal parece que dios por allí no pasó. Y sin cobrar por la consulta, se despidió de nosotros.El director mandó a comprar comida en una fonda cercana a la escuela. Y Timoteo con el rostro pálido y más serio que de costumbre y, hasta con pena, empezó a comer , quizás el primer alimento del día. 3 Terminó el año escolar y como se esperaba, Timoteo obtuvo las mejores calificaciones del grupo. Sin embargo, permanecía la imagen de su caída en el mes de la paria. De esta patria— me dije— pobre, triste, desdichada y gobernada por quienes permanecen ciegos ante la miseria y la extrema desigualdad.Me cambié de comunidad, dado que no aguantaba el frio extremo que duraba casi todo el año. Los maestros le decíamos la Siberia del estado. Pasaron dos años y un día me encontré en la capital de la entidad a un compañero de San Miguel. De inmediato le pregunté: —¿Y qué pasó con Timoteo Hernández?¿Terminó la secundaria? ¿Siguió la prepa? —No compañero. El muchacho sólo terminó la secundaria. Eso si con puros dieces. Fue la estrella de su generación. Pero ya no tuvo medios para estudiar la preparatoria. ¿Y que se hizo de él? La respuesta me dejó frío y encabronado: —Trabaja de albañil, compañero.Yo creo que para los dos este era un recuerdo amargo. Así que rápido nos despedimos.Como profesor rural y de escuelas indígenas había tenido alumnos que se dormían en clase porque no desayunaban en sus casas. Entonces, en esas comunidades no había ni becas ni desayunos escolares. Sólo hambre y rostros tristes. 4 Los miserables millonarios que se enriquecieron al calor del poder prianista todavía siguen con su estúpida frase “a los pobres no hay que darles el pescado, sino a enseñarles a pescar.” Y con base a esa frasecita, ellos que robaron a manos llenas con las privatizaciones cifras millonarias siguen pidiendo la desaparición de los programas sociales del bienestar que estableció siendo presidente de la república el hombre que durante su vida padeció las inclemencias de la pobreza en carne propia, el tabasqueño Andrés Manuel López Obrador.¿Qué hubiera sido de Timoteo si hubiera contado con la beca “Benito Juárez” y con los libros gratuitos? Tengo la seguridad que habría sido un brillante profesionista, ¡menos albañil! Navegación de entradas Sí, hasta donde tope El amparo perverso de Salinas Pliego