por Marisol Amieva

Hay un tema urgente en la agenda pública: la inclusión educativa de las personas con
discapacidad. Como afirmó el pedagogo brasileño Paulo Freire, “la educación no cambia el
mundo, cambia a las personas que van a cambiar el mundo”. Pero ¿Qué sucede cuando esa
educación les es negada sistemáticamente a miles de niñas, niños y adolescentes, por tener
una discapacidad?


Es momento de mirar con espíritu crítico y con sentido de responsabilidad una realidad que
nos interpela profundamente: en Puebla, miles de niñas, niños y adolescentes con
discapacidad están actualmente fuera del sistema educativo. Son vidas, sueños, talentos y
futuros que han sido marginados por barreras estructurales, físicas, pedagógicas y, sobre todo,
por una cultura de exclusión que aún persiste.


Esta exclusión no solo vulnera el principio constitucional de igualdad, sino que representa
un incumplimiento grave de compromisos internacionales como la Convención sobre los
Derechos de las Personas con Discapacidad, así como de leyes nacionales.


Puebla es un estado de contrastes profundos. Mientras en su zona metropolitana se perciben
avances importantes, en las regiones rurales e indígenas persisten rezagos históricos que
agravan las condiciones de exclusión. El 7% de la población estatal presenta alguna
discapacidad, las más frecuentes son las visuales y motrices, pero ello no implica que las
demás sean irrelevantes. Esta visión es clave para el diseño de políticas públicas que
posibiliten accesibilidad en los planteles escolares.


Pero más allá de los números, lo que nos debe ocupar es un enfoque humanista reconociendo
que la educación no debe pedir permiso para ser inclusiva, debe serlo por principio, por
justicia, y por compromiso ético. Por ello, se busca identificar las barreras que enfrentan
estudiantes con discapacidad, reconocer los avances alcanzados y, sobre todo, proponer rutas
claras de acción hacia una educación inclusiva.


El fenómeno de exclusión no puede explicarse únicamente por carencias individuales o
familiares. Existen factores estructurales que profundizan esta desigualdad, entre los que
destacan: rezago rural e indígena, falta de transporte adaptado, discriminación y prejuicios
culturales. Esto se traduce en un ciclo de exclusión multidimensional: sin educación las
oportunidades de empleo formal y participación política disminuyen drásticamente,
perpetuando condiciones de dependencia y vulnerabilidad.


A pesar de la existencia de este marco jurídico avanzado, el desfase entre el derecho
reconocido y su implementación sigue siendo uno de los principales obstáculos para la
inclusión educativa en Puebla. Los desafíos más graves se presentan en tres dimensiones
clave: Infraestructura educativa inaccesible, ausencia de materiales adaptados y formación
docente insuficiente.

El reto, entonces, no es normativo, es político y administrativo. Puebla necesita una política
educativa estatal de inclusión con enfoque de derechos humanos, transversal a todas las áreas
del sistema educativo, sustentada en presupuestos con etiquetación específica, con
indicadores de cumplimiento verificables y con participación de las personas con
discapacidad y sus organizaciones representativas.


Menciono a continuación cuatro líneas estratégicas de acción, construidas a partir del análisis
técnico, el marco jurídico y las experiencias de buenas prácticas en otras entidades del país:
1.- Campaña estatal de búsqueda de menores con discapacidad, 2.- Fortalecimiento del
modelo educativo para personas con discapacidad, 3.- Educación media superior y superior
inclusiva; finalmente, 4.- Capacitación docente situada.


Todo lo anterior reclama garantizar un presupuesto etiquetado para inclusión educativa en
los programas federales y en los fondos estatales, con reglas de operación claras y rendición
de cuentas. Formalizar convenios con organizaciones de la sociedad civil con experiencia en
discapacidad e inclusión, para que actúen como coejecutoras, evaluadoras y capacitadoras,
bajo un enfoque de corresponsabilidad.


Estas propuestas están diseñadas no solo para atender el déficit actual, sino para transformar
estructuralmente el modelo educativo en Puebla. Invertir en inclusión no es un gasto: es una
inversión en justicia, talento y cohesión social. Este es el momento de regenerar el pacto
educativo en Puebla, desde una perspectiva de justicia social. La inclusión debe ser el eje
transversal del nuevo modelo educativo, del presupuesto estatal, de la formación docente y
del diálogo permanente entre gobierno, comunidades y sociedad civil. No se trata de hacer
más de lo mismo. Se trata de hacer lo correcto, de forma estructural y sostenida.


Si queremos transformar el futuro, tenemos que comenzar por transformar nuestras aulas.
Esa es la semilla del cambio social que puebla necesita. No hay democracia plena sin
educación inclusiva. No hay justicia sin igualdad en el acceso al conocimiento. Hagámoslo
posible.


Por convicción, por deber y por dignidad.

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