por Alejandro Rozado

El espíritu con que uno debería ingresar al terreno de las ideas políticas es semejante a la disposición deportiva amateur en un campo de juego. Así lo recomendaba el pensador español José Ortega y Gasset: Hay que competir lúdicamente, decía él, “con la soltura, la alegría, la limpieza y la despreocupación del buen deportista. Procurando persuadir o convencer, pero sin urgencia alguna” –pues se trata solamente de cascarear.

Éste es el temple adecuado del pensar político de hoy: el temple de la cascarita. Debatir ideas como practicando un nuevo dribling canchero, o raqueteando sobre una red, o bien, tratando de batear a la zurda por primera vez en un terreno baldío. Jugar sin la obligación obsesivo-compulsiva de ganar a toda costa, sino con la relajada satisfacción de aprender en equipo nuevos lances.

La banda aprende a socializar y crece jugando cascaritas. La FIFA y sus televisoras no importan; el fútbol, sí.

De igual modo, las campañas mediáticas de odio no merecen nuestra atención, pero el debate político como un saludable ejercicio cívico de toda democracia es crucial.

Loading