por Onel Ortiz El 31 de octubre se cumplen 40 años del surgimiento del Consejo Estudiantil Universitario (CEU), uno de los movimientos estudiantiles más importantes de la historia contemporánea de México. Desde hace aproximadamente dos semanas comenzaron a circular convocatorias para conferencias, mesas redondas, encuentros, artículos, testimonios y publicaciones en redes sociales para conmemorar este aniversario. Me da mucho gusto descubrir que compañeras y compañeros de aquellos años siguen activos, participativos, críticos, debatientes y uno que otro, incluso, autocrítico. Cuatro décadas después, seguimos discutiendo sobre la universidad pública, la democracia, la política y, por supuesto, sobre nosotros mismos. Después de 40 años de rolarla en la vida profesional, política y. personal, de los sabores y sinsabores de la vida, de las alegrías y las tragedias, de los amores y desamores, de la pandemia y de los caprichos del destino, resulta emocionante volver a encontrar aquellos rostros de nuestros años mozos. Los compañeros tenemos menos pelo, más canas, más kilos y unas cuantas arrugas que nos ha regalado la existencia. Las compañeras, en cambio, siguen tan guapas, interesantes, inteligentes y combativas como siempre. Todos conservamos algo de aquellos muchachos que alguna vez creímos que podíamos transformar la universidad y, de paso, cambiar el mundo. No sé si la nostalgia sea una buena consejera para escribir sobre política. Seguramente no. La memoria es selectiva, caprichosa y, en ocasiones, tramposa. Nos permite recordar con precisión una asamblea, una discusión o una noche de guardia, mientras desaparecen de nuestra mente acontecimientos que parecían fundamentales. Sin embargo, la memoria también constituye una forma de conocimiento. Quienes participamos en el CEU tenemos derecho a contar nuestra historia, con sus aciertos y errores, sus grandezas y miserias, sus triunfos y derrotas. No para construir una versión oficial, o romantica sino para aportar testimonios a una experiencia colectiva. Hablar del Consejo Estudiantil Universitario, o mejor dicho, de las distintas configuraciones que tuvo el CEU a lo largo de su existencia, significa hablar de varias generaciones de estudiantes, activistas y dirigentes. También supone revisar momentos decisivos de la historia de la Universidad Nacional Autónoma de México y de nuestro país. No fue un movimiento estático, uniforme ni ideológicamente homogéneo. Sus protagonistas, demandas, métodos y circunstancias cambiamos con los años. Por ello, desde una perspectiva absolutamente personal y discrecional, he dividido su historia en cuatro etapas. No pretendo establecer una clasificación definitiva. Seguramente otras compañeras y compañeros tendrán interpretaciones diferentes, igualmente legítimas. La primera etapa comienza con la formación del CEU en octubre de 1986, atraviesa su momento culminante con la huelga de enero y febrero de 1987 y concluye con la realización del Congreso Universitario de 1990. Su origen se encuentra en las reformas impulsadas durante el rectorado de Jorge Carpizo, particularmente las relacionadas con las cuotas, los mecanismos de evaluación, la permanencia y las condiciones de ingreso. Aquellas propuestas provocaron una reacción que sorprendió a las autoridades universitarias y a buena parte de la sociedad mexicana. Miles de estudiantes, muchos sin experiencia política, comenzamos a organizarnos para defender una concepción de universidad pública. La segunda etapa comprende los años posteriores al Congreso Universitario, particularmente las movilizaciones contra nuevos intentos de modificar las cuotas y las condiciones económicas de los estudiantes, durante el rectorado de José Sarukhán. Se extiende hasta 1994, cuando la irrupción del Ejército Zapatista de Liberación Nacional modificó el debate político nacional y el horizonte de las organizaciones estudiantiles. Fue un periodo menos espectacular que la huelga de 1987, pero igualmente importante para comprender la continuidad del movimiento. El CEU había dejado de ser una novedad y enfrentaba el desafío de conservar su legitimidad y representatividad. La tercera etapa está marcada por la solidaridad con el zapatismo, las movilizaciones en apoyo a las comunidades indígenas de Chiapas, la formación de agrupaciones como la Brigada Ricardo Pozas y las luchas de los estudiantes rechazados. La agenda universitaria se vinculó con demandas nacionales relacionadas con la democracia, la justicia social y los derechos de los pueblos indígenas. Fue una etapa de transformación ideológica y organizativa. Las nuevas generaciones heredaron parte de las experiencias del CEU original, pero incorporaron otras formas de militancia, otros referentes políticos y una relación distinta con las organizaciones sociales. La cuarta etapa corresponde al conflicto provocado por las reformas impulsadas por el rector Francisco Barnés de Castro en 1999, particularmente la modificación del Reglamento General de Pagos. El movimiento desembocó en la prolongada huelga encabezada por el Consejo General de Huelga (CGH), organización distinta del CEU, aunque heredera de parte de su tradición política. Culminó con la entrada de la Policía Federal Preventiva a Ciudad Universitaria en febrero de 2000, la detención de numerosos estudiantes y el proceso de normalización institucional durante el rectorado de Juan Ramón de la Fuente. Fue un conflicto que dejó heridas profundas y lecciones todavía pendientes. En las dos primeras etapas participé activamente. En 1987 fui uno de los estudiantes movilizados en el Colegio de Ciencias y Humanidades Azcapotzalco. Posteriormente, en 1990, tuve el privilegio de participar como delegado de la entonces Escuela Nacional de Estudios Profesionales Acatlán en el Congreso Universitario. Durante 1991 y 1992 también representé a Acatlán en las movilizaciones del CEU contra los intentos de aumentar las cuotas universitarias. Fueron años intensos, de aprendizaje acelerado, discusiones interminables, jornadas agotadoras y amistades entrañables. En aquellos tiempos aprendí mucho más sobre política que en libros y salones de clase. Al concluir la licenciatura decidí retirarme del activismo universitario. Siempre he considerado que la participación estudiantil es legítima, pertinente y necesaria mientras se tiene la condición de estudiante. Después, los egresados debemos encontrar otras formas de intervención política y social. No me parece saludable convertir la militancia universitaria en una actividad permanente. Las organizaciones estudiantiles necesitan renovarse, abrir espacios y permitir que nuevas generaciones construyan sus propias experiencias. Por supuesto, esta es una opinión personal, discutible como cualquier otra. Nunca pretendí imponerla a nadie. Simplemente fue la decisión que tomé cuando terminó aquella etapa de mi vida. Eso no significó abandonar mi interés por la universidad. Seguí atento a sus acontecimientos, mantuve contacto con algunos activistas y procuré comprender las nuevas demandas estudiantiles. Esa cercanía me permitió observar los cambios generacionales y conocer a quienes encabezaron movilizaciones posteriores. Todavía recuerdo cuando “El Champi”y otros compañeros llegaron a refugiarse en mi departamento después del desalojo de Ciudad Universitaria, en febrero de 2000. La Policía Federal Preventiva había detenido a muchos participantes en el movimiento. Aquella experiencia me recordó que las luchas estudiantiles pueden cambiar de protagonistas, discursos y métodos, pero conservan una característica: sus consecuencias siempre trascienden las aulas. De los primeros días del CEU recuerdo especialmente el desconcierto. Las reformas de Jorge Carpizo habían provocado inquietud, pero todavía no existía una respuesta organizada. En los salones comenzamos las discusiones, las preguntas y las primeras reuniones. Algunos compañeros tenían experiencia política; otros apenas descubríamos que las decisiones de las autoridades universitarias podían discutirse y cuestionarse colectivamente. No todos entendíamos las implicaciones de las reformas, pero compartíamos la sensación de que algo importante estaba ocurriendo. La incertidumbre se convirtió en indignación, la indignación en organización y la organización en un movimiento que pronto alcanzaría dimensiones extraordinarias. La huelga estalló el 29 de enero de 1987, precisamente el día de mi cumpleaños. Por eso nunca he olvidado la fecha. Después del festejo nos fuimos directamente a nuestra primera guardia. Recuerdo el ambiente de entusiasmo, los nervios, las conversaciones y aquella mezcla de responsabilidad e improvisación. No sabíamos cuánto duraría la huelga, cómo terminaría ni cuáles serían sus consecuencias. Tampoco imaginábamos que cuatro décadas después seguiríamos hablando de aquellos acontecimientos. Cumplía 17 años y muchas ganas de participar. Las guardias, las brigadas, las asambleas y las movilizaciones constituyeron nuestra verdadera escuela de organización política. Aprendimos a hablar en público, elaborar documentos, defender argumentos, escuchar posiciones diferentes y construir acuerdos. También conocimos las dificultades de la democracia directa: reuniones interminables, intervenciones repetitivas, discusiones aparentemente absurdas y decisiones que podían cambiar después de varias horas. No faltaron las rivalidades, los protagonismos, las ocurrencias ni las contradicciones. Éramos estudiantes, no santos ni revolucionarios. Precisamente por eso, nuestra experiencia tuvo un enorme valor. La democracia dejó de ser una palabra abstracta para convertirse en una práctica cotidiana. En el CEU conocí a muchos de mis amigos más cercanos y a personas que influyeron decisivamente en mi formación profesional y, me atrevería a decir, en mi vida. Algunos siguen presentes y nos encontramos cada vez que las circunstancias lo permiten. A otros los recuerdo con cariño y cierta nostalgia. Con varios he vuelto a establecer contacto gracias a las redes sociales y a las actividades de este aniversario. Hay compañeros con quienes compartí innumerables horas de discusión y de quienes desconozco prácticamente todo lo ocurrido durante los últimos treinta años. Así funciona la vida: nos reúne, nos separa y ocasionalmente vuelve a encontrarnos. Cuarenta años después, considero necesario formular dos preguntas aparentemente sencillas: ¿qué fue el CEU y qué no fue? Las respuestas pueden ayudar a comprender su verdadera dimensión y evitar algunas interpretaciones que pretenden convertirlo en antecedente exclusivo de determinados partidos, dirigentes o proyectos políticos. El CEU pertenece a quienes participaron en él, pero también a la historia de la universidad pública mexicana. No tiene propietarios, herederos ni representantes vitalicios. Nadie puede reclamar para sí la totalidad de una experiencia que fue esencialmente colectiva. Su riqueza radica precisamente en la diversidad de quienes lo construimos y participamos. ¿Qué no fue el CEU? En primer lugar, no fue un partido político ni un protopartido. Aunque participaron militantes de distintas organizaciones de izquierda, la estructura del movimiento no respondía a una organización partidista. Había comunistas, socialistas, trotskistas, independientes, estudiantes sin militancia y jóvenes que apenas comenzabamos a interesarnos por la política. Las diferencias ideológicas eran evidentes y, en ocasiones, profundas. Sin embargo, existían demandas comunes que permitieron construir una organización amplia. Pretender que el CEU fue la expresión estudiantil de una sola corriente política constituye una simplificación que desconoce su pluralidad. Tampoco fue una plataforma diseñada para obtener cargos públicos, diputaciones, senadurías, gubernaturas o posiciones administrativas. Por supuesto, algunos de sus participantes desarrollaron posteriormente carreras políticas importantes. Otros ocuparon responsabilidades universitarias, se incorporaron a partidos o participaron en distintos gobiernos. Eso forma parte de sus trayectorias personales, pero no define el propósito original del movimiento. Sería absurdo juzgar retrospectivamente al CEU por los cargos que algunos de sus antiguos integrantes consiguieron décadas después. La historia de una organización colectiva no puede reducirse a las biografías de sus dirigentes más conocidos, por importantes que hayan llegado a ser. El CEU tampoco constituyó una ideología única. Su principal fortaleza fue la capacidad de articular posiciones diferentes alrededor de objetivos compartidos. Existían desacuerdos sobre las estrategias, las negociaciones, la relación con las autoridades y el futuro de la universidad. Algunas corrientes privilegiaban la movilización; otras defendían la negociación institucional. Había quienes concebían el movimiento como una lucha estrictamente universitaria y quienes pretendían vincularlo con transformaciones nacionales. Esas diferencias no desaparecieron y tampoco tenían por qué desaparecer. Una organización democrática no se distingue por la ausencia de contradicciones, sino por su capacidad de procesarlas sin destruirse. Otra característica fundamental es que el CEU no buscó conquistar el poder universitario. No pretendía sustituir al rector, convertirse en autoridad académica ni administrar las facultades y escuelas. Su objetivo era transformar las reglas institucionales mediante la participación de la comunidad. Cuestionó decisiones, exigió representación y defendió la democratización universitaria, pero no formuló un proyecto de gobierno estudiantil sobre la UNAM. Esta distinción resulta indispensable para comprender su naturaleza. El movimiento no aspiraba a apropiarse de la universidad, sino a modificar las relaciones entre estudiantes, profesores, trabajadores y autoridades, dentro de una institución pública fundamental para México. Tampoco existe una república ceuista ni una conspiración de antiguos dirigentes estudiantiles que gobierne México. Lo que existe es una generación que participó en un movimiento y cuyos integrantes siguieron caminos muy distintos. Una de nuestra compañera, Claudia Sheinbaum, llegó a la Presidencia de la República. Otros compañeros alcanzaron responsabilidades importantes y muchos más permanecieron alejados de los reflectores. Sería tan equivocado atribuir los éxitos individuales al conjunto del CEU como responsabilizar a todos sus participantes por las decisiones de quienes ocuparon cargos públicos. La experiencia compartida no significa identidad política permanente ni obediencia colectiva. Entonces, ¿qué sí fue el CEU? Fue, ante todo, un gran movimiento de defensa de la universidad pública. No fue el primero en la historia de México, pues existían antecedentes fundamentales como las movilizaciones estudiantiles de 1929, 1968 y 1971. Sin embargo, tuvo características propias y una dimensión extraordinaria. Fue uno de los primeros movimientos universitarios masivos que enfrentaron directamente las políticas de ajuste económico y las reformas asociadas al proyecto neoliberal. Su principal bandera fue la defensa del carácter público, gratuito y socialmente incluyente de la educación superior, en un momento en que comenzaban a imponerse nuevas concepciones económicas. Fue también una organización democrática, representativa y esencialmente horizontal. Su legitimidad provenía de las asambleas estudiantiles y de la elección de representantes en escuelas y facultades. Las decisiones se discutían por grupo, carrera, turno, plantel y en reuniones generales. No existía un dirigente único con facultades para imponer unilateralmente el rumbo del movimiento. Por supuesto, había liderazgos reconocidos, compañeros con mayor experiencia y corrientes organizadas que buscaban influir en las decisiones. Sería ingenuo negarlo. Pero el principio fundamental consistía en que las decisiones relevantes debían someterse a la discusión y aprobación de los estudiantes movilizados. La democracia directa fue una de nuestras principales aportaciones y también una de nuestras mayores dificultades. Las asambleas podían ser apasionantes o desesperantes. En ocasiones se alcanzaban acuerdos extraordinarios después de largas discusiones; en otras, pequeñas diferencias paralizaban decisiones importantes. Había compañeros con gran capacidad argumentativa y otros que confundían la extensión de sus discursos con la profundidad de sus ideas. No faltaban quienes pretendían hablar por todos sin haber consultado a nadie. Pero ese ejercicio permitió que miles de jóvenes adquirieran experiencia en la deliberación pública. Aprendimos que la democracia exige paciencia, tolerancia, responsabilidad y respeto por las decisiones colectivas. El CEU fue, además, un movimiento generacional. Éramos, en cierto sentido, los hijos del 68. Habíamos crecido escuchando historias sobre la represión, la lucha por las libertades democráticas y las transformaciones políticas de México. Muchos pertenecíamos a la llamada generación X, nacida durante los últimos años del desarrollo estabilizador y formada políticamente en medio de las crisis económicas. Nuestra adolescencia estuvo marcada por las devaluaciones, la inflación, el desempleo y el deterioro de las condiciones de vida. Para nosotros, la crisis no era una categoría económica. Era una realidad que se vivía diariamente en nuestras casas. También fuimos la generación del terremoto de 1985. Aquella tragedia transformó nuestra percepción de la sociedad y del Estado. Descubrimos que los ciudadanos podían organizarse espontáneamente para rescatar personas, distribuir alimentos, atender damnificados y reconstruir comunidades. La solidaridad adquirió una dimensión concreta. Carlos Monsiváis escribió páginas memorables sobre la sociedad que se organizó después del sismo y sobre el surgimiento de nuevas formas de participación colectiva. Esa experiencia dejó una huella profunda en miles de jóvenes. Cuando comenzaron las movilizaciones universitarias, muchos ya habíamos descubierto que la organización social podía modificar una realidad aparentemente inamovible. Por eso considero que el CEU fue uno de los primeros grandes movimientos sociales de oposición al neoliberalismo mexicano. Antes de la formación del Frente Democrático Nacional, del nacimiento del Partido de la Revolución Democrática, del levantamiento zapatista y del surgimiento del movimiento encabezado por Andrés Manuel López Obrador, miles de estudiantes universitarios cuestionamos las consecuencias sociales de las políticas económicas que comenzaban a aplicarse. No teníamos una teoría acabada sobre el neoliberalismo ni imaginábamos todas sus consecuencias. Pero intuíamos que convertir la educación en un servicio sujeto a criterios económicos amenazaba su función como instrumento de movilidad social. Conviene recordar el contexto. México atravesaba una profunda transformación económica y política. Después de la crisis de la deuda de 1982, los gobiernos comenzaron a modificar el papel del Estado, reducir el gasto público y promover nuevas políticas de mercado. Las universidades públicas enfrentaban restricciones presupuestales y crecientes presiones para transformar sus mecanismos de financiamiento. En ese escenario, las reformas universitarias no podían interpretarse exclusivamente como decisiones administrativas. Formaban parte de un debate más amplio sobre el futuro de la educación superior, la responsabilidad del Estado y las oportunidades de millones de jóvenes. El CEU comprendió, quizá intuitivamente, esa dimensión nacional. La huelga de 1987 demostró que una movilización estudiantil podía modificar decisiones de autoridades mediante la participación colectiva. La suspensión de las reformas más controvertidas y el compromiso de realizar un Congreso Universitario representaron conquistas importantes. Sin embargo, el movimiento también dejó asuntos pendientes. La democratización universitaria resultó más compleja de lo que imaginábamos y las diferencias entre los distintos sectores de la comunidad aparecieron con toda claridad. El Congreso Universitario de 1990 fue una experiencia, pero no resolvió las contradicciones institucionales. Sería un error presentar aquellos acontecimientos como una victoria absoluta o como una derrota definitiva. En el Congreso Universitario aprendimos que transformar una institución exige mucho más que movilizarse. Es necesario formular propuestas, construir mayorías, negociar diferencias y comprender la complejidad de las estructuras académicas. La universidad no podía cambiarse mediante consignas, por legítimas que fueran. Había que discutir planes de estudio, formas de gobierno, evaluación académica, financiamiento, investigación y relaciones laborales. También comprendimos que los estudiantes no éramos los únicos integrantes de la comunidad universitaria. Profesores, investigadores, trabajadores y autoridades tenían intereses, preocupaciones y propuestas que debían considerarse. La transformación democrática exigía reconocer esa pluralidad y construir acuerdos duraderos. Las etapas posteriores confirmaron que las luchas estudiantiles no se repiten mecánicamente. Los jóvenes que participaron en las movilizaciones de los años noventa enfrentaron circunstancias distintas de las nuestras. El zapatismo abrió nuevos horizontes de participación social y colocó en el centro del debate los derechos indígenas, la exclusión y la democracia. El conflicto de 1999 tuvo características propias y consecuencias mucho más dolorosas. Sería injusto juzgar esas experiencias únicamente con los criterios de 1987. Cada generación debe construir sus respuestas a los problemas que enfrenta. La memoria puede ofrecer enseñanzas, pero nunca sustituir las decisiones de quienes protagonizan el presente. También debemos reconocer que el CEU tuvo errores. Hubo sectarismos, intolerancias, disputas personales y prácticas que contradecían nuestros discursos democráticos. Algunos compañeros confundieron la firmeza política con la incapacidad de escuchar. Otros privilegiaron los intereses de sus organizaciones sobre las necesidades del movimiento. En determinados momentos, las diferencias ideológicas se convirtieron en enfrentamientos innecesarios. No tiene sentido ocultarlo. La conmemoración de los cuarenta años debe servir también para revisar críticamente nuestras decisiones. Una memoria que solamente recuerda victorias y virtudes termina convirtiéndose en propaganda. Y el CEU merece algo mucho mejor que una celebración propagandística. Sin embargo, sería igualmente injusto reducir aquella experiencia a sus contradicciones. Miles de estudiantes participaron con absoluta honestidad, sin buscar beneficios personales ni posiciones políticas. Dedicamos tiempo, energía y recursos a una causa que considerabamos justa. Muchos sacrificaron horas de estudio, oportunidades laborales y tranquilidad familiar. Otros enfrentaron incomprensión, amenazas o conflictos personales. Lo hicimos porque estabamos convencidos de que la universidad pública debía defenderse. Esa dimensión ética del movimiento merece ser reconocida. La historia del CEU no pertenece exclusivamente a quienes aparecían en los periódicos o intervenían en las grandes asambleas. Pertenece también a quienes sostenían cotidianamente la organización. Una de las mayores contribuciones del CEU fue su carácter formativo. Muchos de sus antiguos participantes son hoy profesionistas que ejercen sus especialidades con sentido social, comunitario y solidario. Algunos se incorporaron a la academia y a la investigación científica. Otros desarrollaron carreras en el derecho, la medicina, la ingeniería, las humanidades, la comunicación o la administración pública. Muchos participan en organizaciones civiles, movimientos sociales y proyectos comunitarios. Una minoría se dedicó profesionalmente a la política. Esa diversidad demuestra que la experiencia estudiantil no determinó un destino único, pero sí contribuyó a formar ciudadanos con mayor conciencia de sus responsabilidades colectivas. Por eso me parece equivocado medir la trascendencia del CEU por el número de exdirigentes que llegaron al poder. Su verdadera importancia debe buscarse en las transformaciones que produjo en la cultura política universitaria y en la formación de miles de jóvenes. Nos enseñó a desconfiar de las verdades absolutas, cuestionar las decisiones autoritarias y defender nuestras convicciones mediante argumentos y organización. También nos mostró que ninguna causa, por justa que sea, está exenta de errores. Aprendimos que la participación política requiere principios, pero también conocimientos, capacidad de diálogo y disposición para reconocer equivocaciones. No todos conservamos esas enseñanzas de la misma manera. El CEU fue un instante, una etapa irrepetible de nuestras vidas. Nunca volveremos a tener la edad que teníamos, las circunstancias que nos rodeaban ni las ilusiones que compartíamos. Tampoco existirá otro CEU. Podrán surgir movimientos estudiantiles más grandes, más radicales, más exitosos o más influyentes, pero serán diferentes. Cada generación construye sus propias formas de organización y sus propias referencias. ¿Podemos hablar del CEU en pasado, presente y futuro? Por supuesto. El pasado permanece en nuestras vivencias, nuestros recuerdos y las distintas interpretaciones que hacemos de lo ocurrido. Todas esas memorias personales son legítimas, aunque sus afirmaciones puedan discutirse y contrastarse. El presente se manifiesta en los encuentros, conferencias, artículos y debates organizados para conmemorar su aniversario. También aparece cuando antiguos compañeros seguimos participando críticamente en la vida pública. El futuro dependerá de nuestra capacidad para transmitir las enseñanzas de aquella experiencia sin convertirlas en dogmas ni reclamar privilegios por haber participado en ella. A cuarenta años de distancia, la universidad pública enfrenta desafíos que seguramente no imaginábamos en 1986. El financiamiento, la desigualdad educativa, la transformación tecnológica, la inteligencia artificial, las condiciones laborales, la seguridad y las oportunidades para los jóvenes plantean nuevas exigencias. La defensa de la gratuidad, la igualdad, el combate a la violencia contra las mujeres, sigue siendo fundamental, pero resulta insuficiente si no se acompaña de calidad académica, investigación, inclusión y responsabilidad institucional. Las nuevas generaciones tienen derecho a discutir el futuro de la UNAM sin tutelas de quienes participamos en movimientos anteriores. Nuestra obligación consiste en escuchar, compartir experiencias y reconocer que el mundo cambió. También ha cambiado México. La transición democrática, la alternancia política, las reformas económicas, los movimientos sociales y la llegada de nuevas fuerzas al gobierno transformaron profundamente el escenario nacional. Algunos antiguos ceuistas participan hoy en las instituciones que antes cuestionábamos. Otros mantienen posiciones críticas frente al poder, independientemente del partido que gobierne. Esa diversidad no debe sorprendernos. La democracia exige conservar la capacidad de cuestionar incluso a quienes fueron nuestros compañeros de lucha. La amistad y la memoria compartida no obligan a justificar decisiones equivocadas. Si algo aprendimos en las asambleas fue que ningún liderazgo debe colocarse por encima del debate colectivo. Quizá una de las mejores formas de conmemorar estos cuarenta años sea recuperar nuestra capacidad de discutir sin romper los vínculos personales. Durante el movimiento tuvimos desacuerdos profundos, pero también compartimos experiencias que nos unieron para siempre. Hoy podemos pensar diferente sobre los gobiernos, los partidos, las reformas universitarias y el rumbo del país. Podemos reconocer aciertos y señalar errores sin renunciar a nuestra historia común. La crítica no debería interpretarse como traición ni la autocrítica como debilidad. Al contrario, ambas constituyen expresiones de madurez política. Después de cuatro décadas, tendríamos que haber aprendido al menos esa lección. Cuando observo las fotografías de aquellos años, encuentro jóvenes con el cabello largo, chamarras de mezclilla, mochilas desgastadas y una mirada llena de entusiasmo. Recuerdo las canciones, las reuniones, las discusiones y las guardias interminables. También recuerdo el cansancio, las dudas y las preocupaciones. No fue heroísmo ni todas las jornadas fueron memorables. Hubo aburrimiento, equivocaciones y momentos francamente absurdos. Pero en conjunto fue una experiencia extraordinaria. La universidad nos ofreció conocimientos académicos y el CEU nos permitió descubrir la dimensión colectiva de la vida. Ambas experiencias contribuyeron a formar a quienes somos hoy. No sé cuántos de nosotros imaginábamos llegar a este aniversario. Cuando se tienen veinte años, cuarenta parecen una eternidad. Ahora sabemos que pasan más rápido de lo que uno quisiera. Algunos compañeros ya no están y su ausencia merece un recuerdo especial. Otros enfrentan dificultades de salud, problemas familiares o las inevitables consecuencias del paso del tiempo. La vida nos ha tratado de manera diferente. Por eso, reencontrarnos tiene un significado que trasciende la política. Es una oportunidad para celebrar la amistad, recordar a quienes partieron y reconocer que, pese a nuestras diferencias, compartimos un capítulo importante de nuestra existencia. El Consejo Estudiantil Universitario no necesita estatuas, monumentos ni versiones oficiales de su historia. Necesita memoria, investigación, testimonios y debate. Sería extraordinario recuperar documentos, fotografías, periódicos, volantes, grabaciones y relatos de quienes participaron desde las escuelas y facultades, como ya lo están haciendo varios compañeras y compañeros. La historia de los movimientos sociales suele concentrarse en unos cuantos nombres, cuando su verdadera fuerza proviene de miles de personas. El CEU fue, precisamente, una construcción colectiva que merece ser estudiada desde esa perspectiva. Cuarenta años después, sigo convencido de que defender la universidad pública fue una causa justa. También creo que muchas de nuestras propuestas eran pertinentes y que otras necesitaban mayor reflexión. No reniego de aquella experiencia ni pretendo idealizarla. Me siento orgulloso de haber participado, de las amistades que construí y de los aprendizajes que obtuve. Pero ese orgullo no me impide reconocer contradicciones ni revisar críticamente nuestras decisiones. La historia no debe convertirse en un refugio para escapar del presente. Debe servir para comprenderlo mejor y actuar con mayor responsabilidad frente a los desafíos que todavía enfrentamos. El CEU fue pasado porque pertenece a una época irrepetible. Es presente porque sus protagonistas seguimos aquí, recordando, debatiendo y participando desde distintas trincheras. Y tendrá futuro mientras seamos capaces de transmitir a las nuevas generaciones una enseñanza fundamental: la universidad pública se defiende con argumentos, organización, conocimiento y compromiso social. No necesitamos pensar igual ni votar por los mismos partidos para reconocer el valor de aquella experiencia. Basta comprender que durante algunos años compartimos la convicción de que la participación colectiva podía transformar las cosas. Y, en cierta medida, las transformó. Al final, después de cuarenta años me quedo con los rostros, las voces, las risas y los recuerdos. Con los amigos que permanecen, los compañeros que se fueron y las compañeras que siguen tan combativas como siempre. Con aquel cumpleaños del 29 de enero de 1987 que terminó en una guardia de huelga. Con las asambleas interminables y los sueños de juventud. El CEU no fue nuestra vida, pero fue una parte de ella. Y mientras tengamos memoria, voluntad de encontrarnos y capacidad de seguir luchando críticamente por nuestras convicciones, aquella experiencia continuará acompañándonos. Ahora veo las marchas y las movilizaciones de los estudiantes en París, los más chavos, los de liceos y mi corazón y mi alma se llena de esperanza de comprobar una vez más que los jóvenes tienen la fuerza para cambiarlo todo si se lo propone. Eso pienso yo, usted que opìna. La Política es de bronce. Navegación de entradas Recomendaciones para prevenir trastornos mentales en tus hijos (Segunda Parte)