por Roberto Velasco

Señor presidente, excelencias:

Comparezco ante esta Asamblea en representación de la primera mujer presidenta de mi país, la doctora Claudia Sheinbaum Pardo, cuyo gobierno coloca a las personas en el centro de la acción del Estado y trabaja, todos los días, por la libertad, la democracia, la justicia social y la igualdad sustantiva.

México rige su vida pública por una convicción que hoy traigo a esta tribuna: hacer de la prosperidad compartida una realidad para todas las personas.

Esa convicción coincide con los compromisos que todos asumimos en la Carta de las Naciones Unidas, cuyo artículo primero establece como propósitos mantener la paz y la seguridad internacionales, fomentar relaciones de amistad entre las naciones y cooperar para resolver los problemas económicos, sociales, culturales y humanitarios, promoviendo el respeto a los derechos humanos sin distinción alguna.

México, una cultura de más de tres mil años de historia, vive una transformación profunda que continúa el camino abierto por la Independencia, la Reforma y la Revolución: los tres momentos en que mi país ensanchó los derechos de su pueblo. Mi país aspira hoy a una sociedad próspera, con derechos y vida digna para todas y todos.

Se trata de una transformación con propósitos claros: generar bienestar compartido, fortalecer nuestra competitividad, desarrollar capacidades propias y decidir sobre nuestro propio destino.

Por eso mi país viene a compartir la experiencia de una nación que decidió demostrar, en los hechos, que se puede mejorar la calidad de vida de la gente ampliando sus derechos y su capacidad para ejercerlos. Permítanme destacar los avances alcanzados.

Es el resultado de una estrategia nacional de seguridad que se fortalece mediante la cooperación internacional frente a retos compartidos, y que respetuosamente recuerdo se ancla en cuatro principios: respeto a la soberanía e integridad territorial; responsabilidad compartida y diferenciada; respeto y confianza mutua; y cooperación sin subordinación.

Este hito no se alcanzó con la lógica de la guerra, ni renunciando a los derechos humanos ni haciendo de la fuerza la única respuesta.

México combina educación y empleo para las juventudes con inteligencia, investigación, fortalecimiento de las instituciones y presencia del Estado donde antes había abandono. Hoy podemos decir con orgullo que nuestros avances en seguridad distinguen a México en el escenario internacional. Por eso sostenemos ante esta Asamblea una verdad que ofrecemos a todos los pueblos: la paz no se decreta ni se impone; se construye con justicia social.

El tercer hecho se enfoca en el empleo. Desde 2018, el salario mínimo acumula un incremento real de 154 por ciento y alcanza hoy su mayor poder adquisitivo en más de cuatro décadas. Lo logramos con diálogo entre gobierno, personas trabajadoras y empleadoras, con inflación controlada y con una de las tasas de desempleo más bajas entre las economías de la OCDE. Quedó demostrado en los hechos lo que durante décadas se negó en la teoría: pagar mejor a quien trabaja no empobrece a las economías; las fortalece.

El cuarto hecho transformó la historia misma de mi país. Por primera vez en dos siglos de vida independiente, México es gobernado por una mujer. Y no llegó sola: llegó con un gabinete paritario, un Congreso paritario y una reforma que hizo de la igualdad sustantiva un mandato constitucional. Hoy las niñas de México crecen sabiendo que pueden llegar a donde decidan llegar.

Y el quinto hecho es el ejercicio de una política exterior soberana e independiente. México ha demostrado que un país puede cooperar estrecha y respetuosamente con sus socios y, al mismo tiempo, hacer valer plenamente su soberanía. Esa independencia se mide también en la protección de las mexicanas y los mexicanos que viven fuera de nuestro territorio. México acompaña a su comunidad en el exterior y defiende sus derechos humanos dondequiera que se encuentren, siempre con estricto apego al derecho internacional.

La transformación mexicana tiene destinatarios precisos: quienes históricamente han sido dejados atrás.

Nuestras políticas parten de una clara perspectiva de género impulsando los derechos de las mujeres. Priorizan a los más pobres, los pueblos indígenas y afrodescendientes, las personas con discapacidad, las infancias, las personas mayores y la diversidad sexual y de género.

Señor presidente, excelencias:

La política exterior de México está anclada en los principios normativos de nuestra Constitución, que trascienden al gobierno en turno y la coyuntura internacional y que nuestro pueblo destiló de su historia.

Defendemos la autodeterminación de los pueblos y la no intervención, porque sabemos que son la mejor garantía de la paz y la estabilidad entre las naciones. Abogamos por la solución pacífica de las controversias y por la proscripción de la amenaza y del uso de la fuerza. Creemos en la igualdad jurídica de los Estados, porque la soberanía no se mide en ejércitos ni en recursos materiales: todas las naciones, todos los pueblos, valen lo mismo ante el derecho.

Promovemos la cooperación internacional para el desarrollo. Velamos por el respeto, la protección y la promoción de los derechos humanos, que son también el corazón de nuestra Constitución. Y luchamos por la paz y la seguridad internacionales, base del desarrollo de los pueblos.

Quien recorra esos mandatos constitucionales advertirá que son los propósitos y principios de la Carta de San Francisco, en la que la huella de la diplomacia mexicana es patente.

México no necesita adaptar su política exterior a la Carta de las Naciones Unidas, pues la lleva escrita en su Constitución: cuando mi país defiende el multilateralismo, cumple un mandato constitucional. Es la herencia de Benito Juárez, de Venustiano Carranza y de Genaro Estrada: tres nombres, una misma convicción — el derecho como única fuerza legítima entre las naciones.

Esa convicción no admite excepciones ni destinatarios selectivos. Frente a los conflictos internacionales en curso, México mantiene una posición firme: el derecho internacional debe prevalecer sobre la fuerza, la población civil debe ser protegida, la integridad territorial de las naciones debe ser respetada y toda controversia debe encontrar cauce en el diálogo, la negociación y la paz. Por eso México ha defendido durante décadas la solución de dos Estados y reconoce al Estado de Palestina, con el derecho de su pueblo a vivir en paz dentro de fronteras seguras y reconocidas.

Consciente de que esa posición sería insuficiente sin instituciones capaces de sostenerla, México trabaja para fortalecer esta casa en un entorno de polarización global. México y Noruega fundamos el grupo UN80 Global en apoyo a la reforma emprendida por el Secretario General, orientada a construir, con acciones prácticas, unas Naciones Unidas más eficaces y más transparentes. Con Qatar, Noruega y Suiza, impulsamos el fortalecimiento de las capacidades de mediación de la Organización. Cada conflicto que la diplomacia previene vale más que todos los que la fuerza pretende resolver.

Ese mismo compromiso comienza en nuestra propia región. En América Latina y el Caribe, México seguirá trabajando para preservar el carácter de Zona de Paz que nuestros pueblos se dieron a sí mismos, y para fortalecer la cooperación en foros como la CELAC y la Alianza del Pacífico.

Nuestra vocación regional explica también una posición que México ha sostenido por más de seis décadas: la solidaridad con el pueblo de Cuba y el rechazo al embargo y a toda medida económica unilateral contraria a la Carta de las Naciones Unidas.

Seguiremos enviando ayuda humanitaria para atender las necesidades más urgentes de su población, porque la fraternidad entre nuestros pueblos no depende de coyunturas ni de diferencias. Esa misma solidaridad nos llama a sumar esfuerzos para cerrar diferencias regionales sobre la base del diálogo y la concertación.

Más allá de nuestro hemisferio, fortalecemos nuestros vínculos con Asia y África, y la reciente modernización de nuestra asociación con la Unión Europea confirma que la cercanía con unos socios nunca ha significado distancia con los demás.

Señor presidente, excelencias:

México cree en esta Organización, que tiene hoy ante sí un reto de enorme magnitud: renovarse en el cumplimiento de su mandato fundacional para preservar a la humanidad del flagelo de los conflictos armados, proteger los derechos humanos, mejorar la situación de millones de personas vulnerables y asegurar la vigencia del derecho internacional.

Esa renovación alcanza también al liderazgo de la Organización. Pronto tendremos una nueva persona al frente de la Secretaría General. México lo sostiene con claridad: también en las Naciones Unidas es tiempo de mujeres.

Alfonso Reyes, diplomático y humanista, dejó a México una lección que hoy ofrecemos a esta Asamblea: “la única manera de ser provechosamente nacional consiste en ser generosamente universal”. Esa es la vocación de nuestra política exterior. México sabe que ninguna nación construye su futuro desde el aislamiento, y que su soberanía se fortalece en el diálogo y la colaboración respetuosa con todos los pueblos.

México llega a esta tribuna con una convicción y se marcha con la misma: la legitimidad de las instituciones depende de su capacidad para transformar, en los hechos, la vida de las personas. Como ha dicho la presidenta Claudia Sheinbaum, México camina por el rumbo de la prosperidad compartida, con independencia, con libertad y siempre, con dignidad. Con ese rumbo seguiremos trabajando por unas Naciones Unidas a la altura de su promesa fundacional.

Muchas gracias.

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