por Alejandro Rozado

La 4T es un movimiento histórico necesario, aunque no suficiente. Lo sabemos: ¡hay tantos rezagos en tantas áreas! Sin embargo, hoy debemos subrayar los avances en el renglón de seguridad.

Un dato reciente nos indica que algo importante está sucediendo bajo el gobierno de Claudia Sheinbaum: en los 22 meses que van de su sexenio, el número de homicidios dolosos se ha reducido en casi la mitad (48%). La cifra es tan impresionante como la de haber sacado de la pobreza a más de 13 millones de mexicanos durante el sexenio de AMLO. Un mentís durísimo a la fábula ultraderechista del “narco-gobierno de Claudia”.

El empeño de combatir la violencia sin militarizar el país ni imponer estados de excepción, como en otros dos países pequeños como El Salvador y Jamaica -donde también hay descensos, incluso espectaculares, aunque arrasando con los derechos humanos-, hace que la hazaña mexicana tenga significado propio. El propósito de combatir las causas más identificables de pobreza y abandono de los jóvenes con programas sociales y mejores ingresos salariales son ya un colchón protector, una plataforma de bienestar de la cual carecen las dos naciones aludidas. Ello da una consistencia cualitativa moderna a la política de seguridad, que un Bukele o un Noboa están muy lejos de ofrecer.

Tal consistencia moderna, social, económica y política, condiciona mayor paz y más altos índices de felicidad. En este afán de México por edificar su propia modernidad, sin imitar a nadie, la 4T está sacando a su población de un hoyo del cual no esperábamos sino terror y más terror. Parecía que de aquel laberinto de la soledad de los mexicanos se había escapado durante el neoliberalismo el malvado Minotauro y que el monstruo andaba suelto en las calles asesinando todo lo que se opusiera en su camino. Pero no: se trataba en realidad de una forma feroz del Estado canalla para someter a la sociedad mediante pactos con los cárteles de la muerte.

El fenómeno creció tanto que se antojaba casi imposible remontar las cifras. Si durante el sexenio de Fox, los homicidios dolosos diarios crecieron de 28 a 70, y durante los sexenios de Calderón y Peña Nieto llegaron a más de 100, bajo el sexenio de AMLO apenas se pudo reducir el número a 87. En cambio, en apenas dos años del nuevo sexenio, este tipo de homicidios ha descendido hasta 45 -y continúa con pendiente a la baja.

No es milagro, sino política. Dejemos lo espectacular y fijémonos en la sobriedad del trabajo que surge del Gabinete de Seguridad de la presidenta. Además de la acción benefactora sobre las causas, son decisivas la coordinación e intercambio de información regulares entre los tres niveles de gobierno, la ubicación de las regiones para concentrar esfuerzos contra el crimen más asiduo, y un instrumental técnico de inteligencia capacitada con mayores controles que reduzcan el contubernio oficial con el crimen organizado. Se trata de un trabajo técnico muy cuidadoso y delicado derivado de una decisión política firme y clara.

El relato de la 4T es otro. En México hemos vencido a los narco-gobiernos, y no volverán. Se está pacificando a un país largamente sometido a una guerra insensata que los poderes fácticos norteamericanos se empeñan en mantener. No les está funcionando y no les funcionará. Porque la modernidad democrática con bienestar social es la tarea necesaria de esta transformación.

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