por Fluvio Ruíz Alarcón

En su libro clásico sobre el tema (El imperialismo: fase superior del capitalismo), Lenin señala que “lo característico del imperialismo no es justamente el capital industrial, sino el capital financiero.” Asimismo, el líder de la Revolución Bolchevique planteó que el imperialismo se caracteriza por la concentración del mayor desarrollo de la producción capitalista en unos pocos grandes monopolios: fenómeno observable en casi todos los países. Unas pocas empresas controlan los sectores claves de la economía (telecomunicaciones, energía, transportes, medios de comunicación, etc). Esto contrasta con las etapas iniciales del capitalismo, en las que en cada sector compiten muchos pequeños productores.

Po otro lado, Lenin sostiene también en este libro, que el nuevo papel de los bancos y la fusión de éstos con el capital industrial, llevan a la formación del capital financiero y a la consolidación del poder de esta oligarquía financiera. Los montos de capital involucrados en esta etapa son tan grandes, que las instituciones financieras se vuelven imprescindibles para la producción. De esta manera, el flujo internacional de capital adquiere tanta o más importancia que la exportación misma de mercancías y productos, característica central de la fase precedente del capitalismo. Esto -subraya Lenin- facilita la penetración y el expolio de las grandes potencias contra los países menos desarrollados.” A lo largo de la historia del capitalismo, las burguesías de los distintos países han buscado territorios para obtener materias primas para sus industrias y más mercados donde colocar sus mercancías. El mundo ha sido repartido territorialmente conforme a la correlación de fuerzas entre las potencias dominantes en cada coyuntura. Las potencias emergentes desplazan a las anteriores o someten a otros países (o incluso a otras potencias), apropiándose de las materias primas o ampliando su mercado.

Apenas iniciado este año de 2026, Donald Trump mostró en forma descarnada y concreta al mundo, su añoranza por las peores prácticas de lo que en el siglo pasado, denominábamos “imperialismo”. Sin lugar a dudas, el secuestro de Nicolás Maduro por parte de un comando estadounidense, el discurso y las acciones posteriores del gobierno de ese país, nos trajeron en forma inevitable el recuerdo del derrocamiento de Jacobo Árbenz en Guatemala en 1954 o la invasión a República Dominicana en 1965 para frenar el impulso progresista del gobierno de Juan Bosch.

En ese contexto, Donald Trump nos mostró, sin rubor ni pudor alguno, un espectáculo de fervor imperialista focalizado abiertamente en el deseo de controlar y apropiarse de la industria petrolera venezolana. Más allá de cualquier preocupación por la vigencia de los valores democráticos o el respeto a los derechos humanos; el objetivo estadounidense ha sido reiterado sin ambages: tomar en sus manos la producción de petróleo crudo y revertir el sendero institucional y el marco jurídico de los hidrocarburos en ese país hermano. Ahora bien, en lo que constituye una de las claves fundamentales para el futuro de Venezuela, en la primera reunión que sostuvo Donald Trump con compañías que podrían estar interesadas en invertir u operar en esta nueva circunstancia, quedó claro que primero deben resolverse diversos aspectos políticos, institucionales, legales, técnicos, económicos y administrativos; para una eventual recuperación del sector petrolero venezolano. Aún falta mucha agua por fluir bajo el puente de este regreso al imperialismo puro y duro.

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